lunes, 24 de noviembre de 2014

Crónicas de Cocoland. Parte VI.


               Crónicas de Cocoland: la luz al final del túnel
 
El jueves o viernes por la madrugada me enfermé.  Sí, nuevamente comencé con vómitos, pero a esto se le sumaron una cantidad de síntomas.  Como buena trabajadora, el viernes avisé al trabajo que había amanecido enferma y estaba esperando al médico en mi casa.  El diagnóstico fue: enteritis aguda viral.  Traducción: una diarrea de la puta madre, combinada con vómitos, dolores de todo tipo y fiebre.   De premio gané 48 horas de reposo.  Como adicional, unos cuantos kilos menos. 

Tal fue lo que bajé, que hasta mi cuñada estaba preocupada.  Mi cara era ojerosa y estaba tan chupada que mi mandíbula sobresalía más de lo acostumbrado.  Igualmente este cuadro terrible ya se había ido para el sábado por la noche.  Así que, el domingo me dispuse a ir a trabajar.  Aunque cabe aclarar que, mi cuñada me vio el lunes pasado.

 

El domingo, como es costumbre en vacaciones, fue caótico.  Por supuesto que hubo tiempo para limpiar, pero ya no tanto.  Igualmente no me sentía bien.  Está claro que, en este tipo de situaciones, la dieta suele ayudar… a bajonearte más.  Mi merienda consistiría en unas tristes galletitas de agua, acompañadas de una Seven Up Diet sin gas.

Pero, aunque me hubiera podido comer un helado, mi estómago no estaba listo aun.

Al día siguiente, pasé por la casa de mi madre antes de ir a trabajar.  Ahí me di cuenta de que me faltaban unos cuantos kilos.  No sólo por la insistencia de que coma algo  -eso sería normal-, sino por las caras de terror y/o preocupación que acompañaban a la sugerencia.   Es más, cuando me despedí de mi madre, ella me dijo -si te sentís mal, volvé a casa y basta-.

Casualmente, mi esposo, antes de irse a dormir el domingo, me dijo: -no tenés ninguna obligación de volver… si querés renunciar, no hay problema-.

No les voy a negar que la idea de renunciar ya estaba instalada en mi cabeza.

Mientras iba caminando, pensaba en continuar hasta que las vacaciones de invierno duraran.  Esta medida, era por el sentido de responsabilidad, que siempre me ha caracterizado (modestia aparte), sabiendo que ya no habría tiempo de entrenar a nadie más por lo avanzado de la temporada.

Hechos posteriores, cambiaron el rumbo de los acontecimientos (y mi idea de la responsabilidad).

Sucede que ese lunes, me pinté como de costumbre el cachete; esta vez no estaba inspirada, así que dibujé tres globos y bajé a trabajar.  Me mandaron con Nico a la parte de atrás, es decir, a donde se encuentran todas esas máquinas que dan cupones y que siempre traen problemas de todo tipo.  El asunto es que la tarde empezó movida, pero cuando somos, por lo menos dos, los problemas se pueden llegar a resolver más rápido.  Complicada la situación se tornó cuando a Nico lo pasaron a la caja y yo me quedé solita.  De repente las máquinas se empezaron a atascar, trabar y tildar una tras otra… pura adrenalina.  Lo curioso y a la vez gracioso, es que me reía sola de mí, porque ya había cambiado mi decisión acerca del momento de la renuncia.  Ya no sería el fin de semana próximo, ahora pensaba en el miércoles.  La cantidad de máquinas con problemas me desbordó y salí a pedir ayuda.  En este caso, Maru me dio una mano.  El transcurso de la tarde pasó sin pena ni gloria y por suerte Verónica se quedó conmigo para seguir apagando incendios en la parte de atrás.  En este momento no recuerdo quejas concretas de los clientes, pero tuve que poner la cara varias veces.  Lo que no hice fue defender lo indefendible, si las personas se quejan con razón, les devolvía la posibilidad de jugar (se llama devolver el crédito) y listo.  No sé por qué se llenan la boca hablando de la “satisfacción al cliente” y permiten que las personas jueguen en máquinas que no andan bien, las cuales ya se amortizaron hace tiempo y además cobran fortunas.  Por todas estas razones, he utilizado la devolución del crédito en repetidas y justificadas oportunidades.

Pero todavía falta algo más, un detalle.  El lunes yo entré a trabajar a las 15.16 (lo caprichoso del horario tiene fundamento pero no es interesante explicarlo) y salía a las 23.00 horas.  En una jornada de 8 horas me corresponde un descanso de 30 minutos.   Resulta que eran las 21.20 horas, todos ya habían tomado sus descanso excepto quien escribe.  No les puedo explicar mi cara de júbilo, mi sonrisa de guasón dibujada en la cara.  Era la excusa perfecta para irme a las 22.30 y no volver nunca más.  Como ya se habrán dado cuenta mi decisión de renunciar, ya la había adelantado a esa noche.  Mi madre, mi esposo y yo estábamos alineados.  Sin embargo, a las 21.25 baja mi supervisor y me invita a subir para que tome mi descanso.  Créanme, le hice saber de la “vivada”; faltando una hora y media para irme, me parecía una burla el asunto.

Pero igual subí, las galletitas de agua me aguardaban.  Cuando pasé la oficina, la supervisora “máxima”, me llamó.  Ya con su cara, adiviné mi futuro.  Ella me comunicó que Cocoland prescindiría de mis servicios el próximo 14 de agosto.  Lo que pasó ese lunes fue muy claro: EL COSMOS ENTERO NO QUERÍA QUE YO TRABAJARA MÁS EN ESE LUGAR. 

En lo que a mí respecta le dije que para mí estaba bien.  También le dije que yo estaba, casualmente, pensando lo mismo.  Solo que había una pequeña diferencia: no iba a trabajar hasta el 14 de agosto, sino que enviaría el telegrama de renuncia al día siguiente.  La charla, como se imaginan no fue escandalosa ni mucho menos.  Sino más bien agradable y amena.  Yo no sé cómo han terminado ustedes con jefes anteriores pero agradezco, en cierta forma en haber salido de la forma en que lo hice.  Conversamos media hora y mi descanso comenzó después.

A las 23 horas me fui como siempre, sin hacer comentarios a mis compañeros ni al supervisor, quién ya lo sabía.  Llegué a mi casa tranquila y feliz de que mi pesadilla, en la que solita me metí por desesperación, había terminado.

El martes, mi mamá vino a tomar mate y a las 5 me fui al correo donde envié el telegrama.  Debo confesar que me puse nerviosa y tuve que pedir el formulario dos veces, porque escribía mal mis datos.

De la experiencia rescato dos moralejas o mejor dicho dos premisas que he verificado como verdaderas.  La primera, es la frustración que se siente cuando uno realiza  tareas para las que está sobrecalificada.  La segunda: las decisiones más importantes no deben tomarse en momentos de desesperación porque nos  llevan por caminos equivocados.

Dicho esto, me despido de las Crónicas de Cocoland. 

Quisiera dedicarle, esta última entrega a dos amigas de trabajo, con quienes al principio tuve diferencias significativas, pero al final comprendí que su propósito en la vida no era igual al mío y terminamos siendo inseparables: a la escoba y a la palita, nunca las olvidaré.  A ellas les dedico mi última enseñanza: “la basura en su lugar: en Cocoland”.

 

 

 

jueves, 20 de noviembre de 2014

Crónicas de Cocoland. Parte V.


 

                       Crónicas de Cocoland: Los padres...

Hay clientes, que podría clasificar como “no hay tiempo para disfrutar de nada”.  Tengo algunos ejemplos para ilustrarles.  Hay  papás que realmente quieren ver disfrutar a sus hijos a pleno de todas las atracciones del parque.  Pero no solo conformes con ello, quieren que disfruten del juego y que coman un helado a la vez.  Me gustaría que visualicen la escena: nene de dos años, adentro de una burbuja con botones y un helado en la mano.  ¡Menos mal que con la otra manito tienen que tocar los botones, sino ya le hubieran enchufado otra cosa! Lo que quiero decir, es que se ha perdido el disfrutar de a una cosa a la vez.  Todo tiene que ser ya.  Puedo agregar que está “prohibido” comer o tomar arriba de los juegos.  Ahí entro yo… o por lo menos debería entrar.  Generalmente, ante estos casos me quedo cerca y sólo observo… a  los padres.  Algunos, muy disimuladamente sacan al chico del juego (que dicho sea de paso, no consumieron porque jamás pasaron la tarjeta) y otros me miran como si vieran a un toro, por lo que yo entiendo: vení a decirme en la cara que lo que estoy haciendo no está permitido. En otras palabras, los juegos son una especie de bancos infantiles muy sofisticados.  Es más, se me acaba de ocurrir una idea que va a pegar: si los padres acceden, Cocoland podría contar con un peluquero infantil que le corte el pelo a sus hijos, en el camión de bomberos mientras toman helado.

Yo me pregunto ¿Cómo los niños no van a querer “todo ya” si nosotros -los padres- no les enseñamos a disfrutar un helado tranquilos o a jugar primero y comer después?

Pero bueno, ya me puse muy seria.  Volvamos a lo interesante. Hay papás, abuelos y otros grandes (cualquiera sirve, mientras tenga dinero) muy apasionados, tanto que juegan más ellos que los mismos chicos.  Hubo un caso, en que terminó jugando un mayor en la máquina de los cocodrilos (los que no saben cómo es el juego: salen siete cocodrilos al azar por unos túneles y hay que pegarles para acumular puntos) por que el chico le tenía miedo a los bichitos. O sino, cuando el chico juega “mal” vos ves que el “adulto” lo reta.  Si bien eso ya sería un caso catalogado como “extremo”. Igualmente aquí lo que sale parejo son los llantos cuando dejan el parque… tanto chicos como grandes lloran por distintas razones.  Unos porque quieren seguir jugando… otros porque no saben cómo seguir hasta fin de mes después de la visita.

Siguiendo con la lista de las cosas buenas debo agregar que los horarios son flexibles ya que están pensados para chicos que estudian.  En mi caso, está pensado para que pueda ir a buscar a mis hijas a la escuela.  Otra cosita para agregar, es el trato muy amigable (a pesar de dicho supervisor). Acá las cosas se piden de buena manera, con muchos “gracias” y “por favor” y nos tratamos de “vos”.  Todos mis compañeros me ayudan, y viceversa, cuando no me acuerdo de algo o cosas por el estilo.

La otra buena noticia, es que por vacaciones de invierno, las pintadas de rostro se harán todos los días.  Les cuento que la supervisora impulsora, de la idea ha encontrado resistencias, sobre todo en la comunidad masculina, los cuales ven este tipo de acciones, lisa y llanamente como de “maricones”.  Es decir, ¿qué clase de macho se pintaría una flor, o un corazoncito en la mejilla?  Realmente están entre la espada y la pared, ya que la otra opción son esos gorritos tan graciosos. ¿Y a qué no saben?  ¡Hay varios modelos! El domingo pasado vi los de arlequín.  La verdad; entre los de galera de siete colores y estos no sé con cual colgarme; ¡ups! Quise decir, quedarme.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Crónicas de Cocoland. Parte IV.


                                          Crónicas de Cocoland: El génesis de la escasez.

Quisiera hacer un llamado a la solidaridad.  Cualquiera, que disponga de franelas, nuevas o en buen estado, de cualquier grupo y factor, favor de acercarlas a Cocoland Park, ya que sus empleados realizan sus tareas de limpieza con las últimas disponibles en stock.  Voy a explayarme un poco más sobre este episodio.

El lunes 16 de julio, se dispuso una limpieza general del parque, hecho que relaté anteriormente.  El detalle curioso fue, el faltante de franelas y líquido limpiador multiuso.  En el depósito quedaban exactamente 1 y ½ franelas.  Con un tijeretazo obtuvimos 3.  Imagínense limpiar alrededor de treinta y pico de máquinas con tres trapos de mierda y con media botella de limpiador líquido.  A esta altura creo que la Casa central de la empresa -ubicada en la provincia de Córdoba- ya habrá mandado un lote nuevo de esa tela tan noble, que según mis cálculos deberían hacerlas durar hasta el 2027 aproximadamente, capaz que más… dependiendo de cuántas veces el  presidente de la empresa, vuelva a visitarnos.

El asunto es que las franelas, según mi criterio de ama de casa experimentada, ya tendrían que pasar a disponibilidad.  Ni que hablar de las que ya existían, las cuales, increíblemente, aún siguen colgadas en sus respectivos ganchos esperando que algún daltónico confunda el negro… con el anaranjado.

Otro utensilio con el que me he familiarizado en estos últimos días fueron las escobas cortas con palitas.  Son bastante útiles… y creo que lo serían aún más,  si tuvieran cerdas.   Algo que también corroboré  es que limpiar el salón con agua sucia tiene el mismo resultado que hacerlo con agua limpia. 

Pero bueno, ya dejemos los asuntos mínimos a un lado y ocupémonos del personal “estable del lugar”. 

De los tres supervisores que tengo -gracias a Dios, de a uno por vez- hay uno que no  soporto.  Cada vez que me ve, debo ir a limpiar.  Siempre me está corrigiendo todo. Si no es que estoy cruzada de brazos – se la considera  una postura antipática para el cliente-, tengo el prendedor sobre el bolsillo -lo cual no debe ir ahí, sino arriba del bolsillo- y sino, me manda a pasar el plumero arriba de la escalera ¿Será  para tenerme fuera del campo visual?  Resulta que este señorcito es muy quisquilloso para mi gusto.  Les juro que trato de poner mi mejor cara, no por querer agradar, solo es para que no se dé cuenta de lo que me disgustan las tareas de limpieza y se le ocurran  otras peores.

Si vamos a la parte positiva del asunto (no me pegué un palo en la cabeza, hay partes buenas), durante la mañana tengo tiempo para pensar en mis cosas, ya que no hay mucho para hacer; solo paseo por el salón y me dedico a observar a los  pocos clientes que ilustrarán el siguiente capítulo de mí crónica. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Crónicas de Cocoland. Capítulo III.


Cocoland 3: Primer día de trabajo y segundo.

 

Mi primer día de trabajo fue un sábado en un turno de 9 horas. Estuve en el salón de juegos y tuve la suerte de no recibir el maltrato de la gente.  Obviamente,  me equivoqué varias veces, como era de esperarse. Aunque no fue nada serio.  Básicamente dejé que ingresara gente sin pagar a la atracción principal porque aún no tenía bien en claro quién pagaba o no. No sabía si debía abonarse el boleto del niño y los adultos entran gratis –por la obligatoriedad que existe ya que un niño menor de 6 años no puede ingresar solo a esta atracción- o si es al revés; debo cobrarle al adulto acompañante y los niños menores de 6 años ingresan gratis. No quise hacer de esto una tesis, ni mucho menos fomentar el debate. Decidí que en una vuelta, aplicaría el primer criterio y  a la siguiente vuelta, el segundo criterio. Nadie se quejó… y eso, es lo importante.

 

 

Sin embargo, el día más glorioso fue el domingo.  Además del atuendo tan particular, hay que sumarle la ocurrencia de la supervisora: maquillarse la cara haciendo dibujos en las mejillas con gibré.   Mi reacción iba del asombro al  desconcierto como si estuviera dentro de un pinball.  Para esta situación hay un refrán que viene bárbaro: “sobre llovido, mojado”. Subí las escaleras hasta los vestuarios y me dibujé una simpática frutillita -no se me ocurría otra cosa- y bajé con la actitud de desenfado –tuve que imaginarme al desenfado porque hasta ese momento no lo conocía muy bien-, y pensando que hay gente que tiene peores trabajos, como por ejemplo, un minero, un desplumador de gallinas o algo así. 

 

Debo decir que, por momentos,  olvidé mi frutilla pintada; sobre todo cuando veía a mis compañeros varones.  Como ellos no se querían pintar… tuvieron que usar sombreros de copa hechos de paño lenci muy coloridos.  Siete colores he llegado a contar. Acabo de recordar  otro refrán muy apropiado: “el muerto se ríe del degollado”. 

Me dediqué a bromear sobre los sombreros todas las veces que pude.  Les decía frases como -no sé si te dijeron pero,  (pongo cara de muy preocupada) ¡tenés un gorro horrible en la cabeza!- 

La buena noticia es que este acontecimiento se da todos los domingos.

 

jueves, 6 de noviembre de 2014

Crónicas de Cocoland. Capítulo II.


Cocoland 2: Día de Entrenamiento

 

 

El día que firmamos el contrato, nos fuimos muy tarde y no tuvimos tiempo de recibir el entrenamiento, por lo que comenzamos a aprender sobre los juegos, el martes siguiente.                     

Mi día de entrenamiento quedará en los anales de las anécdotas más  recordadas por mí y seguramente por todo aquél al que se la cuente.

Durante la reunión, con los uniformes puestos, decidimos dejar las camperas rojas en el vestidor, a pesar del frío polar.

Bajamos al salón de juegos y comenzó la explicación de cómo funciona cada juego, los ticket de premios, los problemas que pueden llegar a tener cada máquina  y su solución.

En el salón hacía mucho, mucho frío; y luego de cuarenta y cinco minutos… temblaba.  Cuando no aguanté más, pedí permiso para subir a buscar mi campera y bajé nuevamente.  Lamentablemente la situación, no se solucionó.  Yo seguía temblando y para mejorar el cuadro, mi estómago comenzó a dar muestras de malestar.  Las rodillas y la cabeza, también.  No pasó mucho tiempo, hasta que pedí sentarme: me estaba cayendo.  Los otros jóvenes notaron en mí, una palidez extrema.  A causa de esto y con apoyo de mis compañeros -también sufrían el frío- subimos a tomar un té.  De dicha infusión, sólo tomé dos sorbos. Y fue la  misma que, junto con el almuerzo previo, vomité en el cesto de basura… frente a todos los presentes.  Menos mal que después me sentí mejor.   La verdad es que no me imaginé nunca en la vida que así sería mi primer día de entrenamiento.  No tuve tiempo de sentir vergüenza, mi condición física me preocupaba más.

Cuando me sentí mejor, me volví a casa y esa misma noche levanté fiebre. El médico domiciliario diagnosticó un cuadro gripal.  Yo pienso que fue una descompostura por el frío tremendo que hizo ese martes.  Para que sepan, por la crisis energética, no hay calefacción ni siquiera en los cines. La administración de Cuatrocarros decidió prescindir de la misma. Yo, estuve en reposo 48 horas.  No hubo más remedio que terminar mi entrenamiento el viernes. 

Existe otra explicación para este cuadro, aunque carece de base científica.  Se la conoce como “alergia al trabajo”.  En mi caso sería alergia a limpiar lugares públicos. ¿Y por qué digo esto? Bueno, la mayor parte de mi trabajo, consistirá en limpiar.

 

sábado, 1 de noviembre de 2014

Crónicas de Cocoland. Capítulo I.


Preámbulo

 

Corre el año 2007, estamos en invierno en el hemisferio sur y la crisis energética goza de buena salud.  Esta vez, nos tocó un invierno de novela. El día de la independencia nevó y yo… empecé a trabajar.  Tal vez me hubiera gustado conseguir algo más “prestigioso”  para estrenar mi título de licenciada en administración. Pero la verdad –triste- es que no consigo trabajo como licenciada ya que no tengo experiencia laboral. Decidí comenzar por el principio y busqué “un primer empleo”, los cuales no exigen tener un título universitario ni experiencia previa.




Cocoland 1: Navegando en aguas laborales desconocidas

 

Desde el sábado pasado empecé a trabajar en Cocoland, el parque de juegos que está ubicado en el patio de comidas del hipermercado Cuatrocarros.

Pero antes de empezar a relatar esta experiencia, quisiera contar sobre los días previos al primer día de trabajo.

 

La primera desprolijidad: el día que firmamos el contrato. Era un viernes y nos llamaron ese mismo día para firmar el contrato a las 6 de la tarde. Éramos 6 jóvenes sonrientes, listos para estrenar nuestra firma en algo “importante”. De todas las explicaciones y normas de trabajo que debíamos conocer y recibir, nadie nos había avisado nada. Y menos, escucharlas el mismo día de la firma del contrato. El teléfono de la oficina, sonaba a cada rato. Eran los padres de los jóvenes –yo ya estaba casada y con dos hijas, así que, no esperaba ese tipo de llamadas para mí- preguntando por sus hijos. Terminamos saliendo a las 11 de la noche. Pienso que no era necesario demorarnos hasta tan tarde. Todo ese palabrerío podría haberse realizado al día siguiente.

 

Pero lo mejor está por venir: los uniformes.  Verdaderamente pienso que la gente de Cocoland no quiere a sus empleados.  Ya que no hallo otra explicación para que los uniformes y nuestros peinados sean tan ridículos. El uniforme se compone de las siguientes prendas y accesorios: gorrita con visera color amarillo huevo y letras rojas,

-las mujeres- dos trenzas sujetas con colitas rojas, sigue con una camisa de mangas cortas (¡Hola! Estamos en INVIERNO) color blanca con cuello verde, cinturón rojo, pantalones con costuras rojas y en una pierna las letras de Cocoland bordadas  a todo color; por último, zapatillas azules. Pero si todavía consideran que exagero, les agrego el último detalle: los uniformes son usados… hasta las zapatillas. 

 

Los pantalones que me tocaron estaban rotos en el “traste”. Además, a pesar de ser mi talle, este ejemplar me quedaba tremendamente grande. Me opuse rotundamente a usarlo.  Lamentablemente, no pude esquivar las zapatillas –de pésima calidad- que me producen dolor de cintura.  Igualmente, manifesté mi descontento y desagrado por tener que utilizar ropa usada.

 

Por el momento voy a trabajar con un jean azul de mi propiedad, hasta que la casa central se digne a enviar un pantalón y una camisa nuevos aunque creo que la situación se dilatará un tiempo largo.

 
Seguramente se preguntarán  ¿no hace frío para que anden de mangas cortas?

La respuesta es sí, hace frío.  Afortunadamente, hay una solución: camperas rojas  “comunitarias”.  Es decir, las usamos todos mientras estemos en el salón de juegos y cuando subimos a tomar nuestro descanso, se las pasamos a nuestro reemplazo.  ¿No les parece de miserables? 

Algunas camperas son de talla más grandes que otras y viceversa; La conclusión teórica a la que llego es que, un día  podría usar una campera muy, muy, muy grande; por lo tanto, quedaré más ridícula de lo normal. Igualmente no me quiero adelantar… siempre puede ser peor de lo que me imagino.

 

viernes, 24 de octubre de 2014

Los mosquitos


Los mosquitos

Érase una vez, un pueblo en medio del monte a punto de extinguirse. Realidad que atraviesan muchos poblados cuando la única ruta que los conecta sufre el deterioro y la falta de mantenimiento a lo largo de los años. Lo poco que llega es la onda radial… y eso es porque el viento sopla siempre para ese lado.

Estaban tan aislados del mundo, que el día que los invadió la ola  de mosquitos nadie fue a auxiliarlos. Quizás, esto no sea un problema difícil de controlar… aunque no se trataba de mosquitos normales… Se cree que provienen de una laguna vecina altamente contaminada… o tal vez, su agua fuera tan pura y se creyó que estuviera contaminada.

La ola de mosquitos se abalanzó sobre los desprevenidos y rápidamente el efecto comenzó a notarse: la gente alucinaba y pareciera estar embriaga de amor. 

El primer día, las picaduras afectaron a más de la mitad de la población y sus consecuencias provocaron en los habitantes del lugar, situaciones impensadas.

Los vecinos enemistados por años se abrazaban en la esquina, a la vista de todos, que miraban boquiabiertos. El intendente firmando la cesión de un terreno municipal para la construcción de un parque, después de haberse negado durante mucho tiempo porque consideraba que no era necesario tal cosa. Los concejales opositores, invitando a un almuerzo a sus pares del partido gobernante. El comerciante del barrio, haciendo descuentos disparatados para que todos puedan comprar.  El farmacéutico regalando caramelos de miel y drogas calmantes. La verdulera regalando cien gramos más de lo que el cliente compre y también maracuyás a todos y todas. La maestra explicando con canciones las tablas de  multiplicar al ritmo de un bolero que enamora. Una proliferación de cartas de amor inunda el correo. Los perros haciendo “perradas” más que antes, incluso en el mismo día con varias perras. Los alumnos acudiendo a clases, con ganas… y hasta el canario de la vecina más amarga de la cuadra le daba serenata a su dueña sin merecerlo.  Nada era como siempre.

Por supuesto, los que miraban extrañados eran los que no tenían roncha. Los hechos no dejaban lugar a dudas: esto era una maldición. Los efectos duraban cinco horas aproximadamente… y luego, sobrevino el miedo. Había temor en todas partes. De los picados y los sin picar. De los que hicieron cosas y los que vieron como los demás hacían cosas impensadas.

Al segundo día, todos se vistieron como si estuvieran en Siberia. Nadie quería sufrir el “efecto mosquito”. Aunque andar tapado no era una solución definitiva. En medio de la conmoción y en sesiones extraordinarias, los concejales del pueblo votaron unánime secar la laguna. Porque este tipo de cosas, solo puede traer más desgracias. El amor en dosis altas, no es aconsejable.

Al día siguiente de la votación, todos vestidos con trajes de buzo y con la pala al hombro, marcharon a la laguna y comenzaron la difícil tarea de echarle tierra. Una semana completa se demoraron en tapar la laguna con tierra, piedras y hojas.

Y para celebrar el fin del mosquito, plantaron árboles frutales y de paso, reflotaron su sedienta economía… Los árboles crecían con una rapidez inusual y sus frutos rebosaban de salud. No quedaban dudas ya, el agua era pura… purísima.

Y ellos, habían secado la laguna.

 

lunes, 20 de octubre de 2014

El arte de no hacer


El arte de no hacer

Este es el cuento de un pueblo, donde el intendente al asumir su cargo, se cambiaba el nombre.  Todos se llamaban “Juan”.  Hacía tiempo, se optó por este método, porque simplemente daba lo mismo quién ocupara el cargo, todos se esmeraban para imitar o superar al anterior: hacer lo menos posible.

Cada nuevo período, era todo un desafío.  Incluso, se convirtió en un reto a la inteligencia, descubrir maneras más ingeniosas del no hacer.  El escritorio, desprovisto de sellos, mucho menos computadora, esperaba al nuevo sucesor. 

Juan  tomo asiento, examinó cuidadosamente el mueble.  Abrió cada uno de los cajones, no encontró mucho: una birome reventada, una goma  nueva, el corrector (seco) y un cubo mágico.

Luego de pensar meticulosamente y por supuesto, con la idea de superar al anterior Juan, ordenó que se sacara el escritorio de la oficina.  Lo reemplazaría por una mesa ratona, un mini bar y dos cómodos sillones de pana.

Después de beber el vermut de media mañana, creyó conveniente visitar el consejo… no sea cosa que algún concejal se le ocurriera proponer alguna ordenanza.  Cuando llegó, no encontró a nadie.  Se sintió un poco tonto, porque evidentemente esta gente ya ejercía el arte del  “no hacer” mucho tiempo antes que él.  Pero como ya se encontraba en el Palacio Municipal, le dio pereza irse.  Quizás, mañana se tomara un descanso.  Por segundos, recordó su campaña.  Todo lo que había prometido para ganar.  El lema fue: “haré lo posible, para no interceder en sus vidas”… y ganó.

Los ciudadanos, resignados, se tomaban las campañas electorales como un concurso de chistes.  El que mejor los cuente, a ese votan.  Con saber que en las boletas,  sólo se indicaba “vota a Juan” y el número del partido.   Incluso afirmaban que, el cambio de nombre, protegía al mismo intendente… contra un ataque de ira  de algún  ciudadano que quisiera atentar contra el statu quo.

No eran muy comunes estos ataques, aquel que no estuviera de acuerdo, simplemente se mudaba.

Se preguntarán, cómo sería la vida en aquel pueblo que a simple vista estaba a la deriva.  Bueno,  se daba una suerte de realidad paralela.  En la realidad, reinaba la política ficticia y en la ficción del poder no oficial, un grupo de ciudadanos integraban el consejo de buenos usos.  Aquellos ciudadanos que tuvieran una propuesta para mejorar algo podrían acercarse.   Es así, como las calles estaban asfaltadas, las escuelas funcionaban, los bomberos trabajaban de bomberos y el hospital sobrevivía.

Todo marchaba como de costumbre, hasta aquel desgraciado día en que  el cielo se tornó gris oscuro, los animales estaban notoriamente intranquilos, el viento comenzó a tomar una velocidad inusitada.  Sin tiempo  para evacuar, el tornado arrasó el pueblo entero.

En medio de los gritos, Juan improvisó lo poco que sabía de rescates y junto a una cuadrilla dedicaron una semana entera a salvar y evacuar gente.  El pueblo fue noticia principal de los medios de comunicación por varios días.  La gobernación se hizo eco de la emergencia por la que atravesaba toda esa gente y de inmediato (en términos burocráticos, más o menos un mes) dispuso de un fondo de reconstrucción del pueblo.

El intendente Juan, se encontró en una verdadera encrucijada.   Entre sus ambiciones personales, deseaba ser el intendente con menos ordenanzas emitidas y en el otro extremo,  la gente de su pueblo clamando soluciones.

Hasta que llegaran los fondos, 30 días tenía para pensar  cómo salir del brete.   Durante ese mes,  llegaron los presupuestos de todos los edificios que necesitaban reparación.  Incluso, los de las casas. Acomodaba las carpetas, cuidadosamente sobre la mesa ratona.  Mientras bebía un whisky, observaba inmerso en pensamientos de los más variados, todas las urgencias que se acumulaban ante sus ojos.  Parecían no tener fin.  A simple vista, calculó unas 218 ordenanzas… estaba perdido.

Tan enfrascado en pensamientos, necesitó ordenar algunos.  Buscó  inútilmente lápiz y papel en su oficina.  Los buscó en todo el edificio, sin éxito.  Pidió a los propios habitantes,  los cuales tampoco pudieron hacer mucho por él.   Debió improvisar.

No solo, debía pensar la medida a tomar, sino que también debía ser lo suficientemente amplia para cumplir con toda la reconstrucción del pueblo.

Tomó un mantel blanco, de los que adornaban la mesa del vestíbulo en el Palacio Municipal e invitó a las mujeres que supieran bordar.

“Por medio de la presente ordenanza, y en vistas de la situación que apremia al pueblo, autorizo a  ejecutarse, todos los proyectos presentados y también los futuros, con el fin de mejorar el estado actual de nuestro querido hogar.”

Las tres señoras que prestaron su pericia para bordar el mantel, tardaron un  día completo en terminarlo.

El pueblo estaba muy contento y Juan también, ya que pasaría a la historia como el intendente que emitió la menor cantidad de ordenanzas… o por lo menos eso creyó.  Todos los edificios públicos reconstruidos se reinauguraron con el nombre de “Juan”. 

Atormentado  de haber hecho un bien inigualable a ese puñado de ciudadanos que lo vitoreaban cada vez que lo veían, se encerró en su oficina con la presión del deber bien hecho… y de las futuras nuevas medidas para mejorar la realidad de los mismos.

¡Les prometí interceder lo menos posible en sus vidas!… se repetía como si estuvieran en el palco de campaña… les prometí… les prometí y su vista se nublaba.

A través de la ventana, escuchaba al pueblo, pidiendo otras cosas.  Exaltados y a los gritos, nuevos grupos ocupaban la plaza.  Juan, enroscado en su mantel bordado, intentaba comprender en qué demonios había fallado.  Cómo fue que ocurrió… traicionarse a él mismo.

 

 

 

 

 

 

domingo, 12 de octubre de 2014

La tarta


La tarta

Una vez, escuché una teoría sobre la gente que es tartamuda.  La tartamudez surge de un encontronazo de ideas; todas se pelean por salir primero por la boca, pero es tal la burocracia del cerebro en el sentido de procesar una sola orden a la vez, que la boca termina recibiendo sílabas sin sentido y “ecos” de ideas atrapadas en la garganta. Como resultado tenemos un ta, ta, ta, ta, es no es, eso no no no no, no, pero pero pero pero… y así. Hasta que finalmente, tomamos un poco de aire; el cerebro se oxigena y puede llegar a organizar las frases en un orden mínimamente coherente.
Entre las conclusiones que surgen, es que el tartamudo genera más ideas que alguien normal, por lo tanto es más inteligente… pero menos administrativo para organizar su salida.  Esto le pasó en la cabeza de una amiga, conocida, allegada o algo así.   No recuerdo, ni me importa, no interesa en esta historia… pero la verdad es que la gente ya le hablaba cada vez menos, porque cuando  debía contestar era prácticamente imposible. Todos le tenían mucha paciencia aunque ya no se podía siquiera hablar del tiempo… eso también era debatible.  Y si hay  algo de lo cual no se aburría jamás era cuando podía  discutir, debatir, disertar y confrontar con ella misma. Estuvo dos días tartamudeando sola… tratando de determinar si la lluvia del sábado pasado fue desmedida y si el arco iris tardó mucho en aparecer.

Lamentablemente le costaba la conclusión: no se decidía por ninguna de las ideas, todas eran buenas y fundamentadas. Quizás cansada de tartamudear sola, reflexionó, se inclinó o de alguna forma determinó que debía hallar la forma de seleccionar la idea más apta para echarla al aire y poder mantener una conversación con los “normales”.  Necesitaba concluir. 

Hizo algo bastante práctico en estos días: tomo un curso de “Toma de decisiones”.  El auditorio, lleno de empresarios de Pymes y gerentes con sus notebooks y celulares de última generación. Ella con su libreta anillada  y la” bic” se sentó delante de todo. 

El curso duró unos meses.  Pacientemente, escuchó todos los argumentos. Los tiempos para gestar las propuestas, los pro y contras de un emprendimiento; las ideas desperdiciadas por implementarse en tiempos inadecuados; la información útil y eficaz (o era eficaz y útil) en el tiempo correcto para la toma de decisiones y otros vericuetos que hacen a la conducción de una empresa.  Todo era correcto, cada premisa iba con alguna situación. 

Llegó el día del cierre… las benditas conclusiones.  Pasaron todos los asistentes a exponer un tema en particular y el aporte del curso en sus respectivos trabajos.  Ella esperó y escuchó a cada uno de los treinta oradores. En verdad, hacía cuatro meses que no hablaba. Estaba maravillada con la técnica y la manera en que se ordenan los procesos.  Todo engarzado con conectores, preposiciones, puntos, comas… tantas ideas organizadas.  Por momentos, no sabía si estaba en un seminario de la NASA o en un curso de “Toma de decisiones”. 

Llegó su turno.  Subió al escenario, no sacó un papel… sólo miró al auditorio y dijo de corrido:  -gracias por escucharme, mi objetivo se ha cumplido-.

Silencio  pasmoso en el auditorio, los dueños y gerentes se quedaron esperando un discurso, una muestra, un ejemplo de cómo el curso había mejorado sus gestiones. Por supuesto, ellos no sabían que lo que debía organizar esta mujer, era su cabeza. Ella los miró a todos y se dio cuenta que esperaban algo más… ¿qué quieren que diga?

¡Oh no! Otra vez, el ataque de ingenio volvía a transformar su cerebro en un caos ingobernable.  Por un momento, se tentó de seguir hablando.  Sin embargo, aunque pudiera hilvanar tres o cuatro reflexiones y transformarlas en oraciones sintió que no valía la pena.  ¿Qué pudiera explicarles? ¿Hablar de su “merengue” para organizar ideas? ¿Debatir las propuestas de los empresarios exponiendo sus divergencias? ¿Comentar sus exposiciones? ¿Aportarles mejores ideas? Nada de eso. Todo esto pensó, en los 10 segundos siguientes, después de terminar de hablar. 

Por fin, se abrió paso una idea, tímida… casi sin querer. La voz salió sin avisar al cerebro: “hay un buffet en el salón contiguo para todos”. 

Se levantaron  al instante e intentaron salir al mismo tiempo. Todos se quedaron atascados en la puerta sin poder pasar.  El profesor de la cátedra miraba atónito… se supone que acaban de presenciar un curso de toma de decisiones… Ella, todavía sobre el escenario, tuvo por primera vez la imagen de lo que pasa en su cabeza al ver a todos luchando por salir sin organizarse.  

Aprovechando esta confusión, se acercó al profesor y en perfecto español con las comas, los puntos y los conectores en su lugar le dijo: -creo que el curso no ha fracasado, pues yo he logrado mi objetivo.  Quizás, el resto de los alumnos, deban repetirlo.- 

Viendo inviable la salida por la puerta, salió por la ventana con el certificado de asistencia en la mano y una sonrisa en la cabeza reflejada en su boca.

 

 

 

martes, 7 de octubre de 2014

Laberinto


Laberinto



De lunes a viernes, viajo hacia mi trabajo.  Generalmente, tardo dos horas hasta llegar allá.  Mi meta, todos los días, de un tiempo hacia acá, consiste en sobrevivir ocho horas a una rutina sin aliento. Se trata de jugar al laberinto, tan igual y tan diferente todos los días.  Resignada a encontrar los mismos personajes y problemas, sencillamente rendida a no querer solucionar las conductas de los demás, porque fueron catalogados de “gente que no cambia más”.  Y aun, sabiendo todas estas “verdades indiscutibles”, muchas oportunidades he llegado a un pasillo sin salida, enredada en pretender torcer la opinión de otras personas.

No encuentro otro pasaje por donde escapar, sencillamente debo retroceder…y marcar con una cruz, que me indique “este camino no conduce a nada” o por lo menos… decir “este camino conduce a una pared, por si algún día quieres darte la cabeza contra ella”.

Tanto recorrí los laberintos, que me he dado cuenta, a pesar de ser tan similares, algo hace que no sean idénticos.  Es así, como un día descubrí musgo en sus paredes y pensé, algunos seres, son tan valientes, al intentar desarrollarse en lugares adversos…

Después de meses, dejé de marcar con cruces los pasillos sin salidas.  Me di cuenta, el sin sentido de recordarme los malos momentos.  Entonces comencé a marcar los pasillos por donde crecía el musgo.  Trataba todos los días de pasar por allí, aunque no condujeran a la salida de las 17 horas. 

Pasó un tiempo, para descubrir que junto al musgo, se desarrollaban otras plantas. Esperé mucho tiempo, fueron semanas.  Para mi sorpresa, se trataba de plantas hermosas, de flores dulces y hojas fuertes.  Incluso, había días en que se notaba su regocijo al escucharme llegar. Y otros días, donde necesitaban agua y que las acompañen.

 

De repente, entraba al laberinto diario, pensando sólo en saludarlas, preguntando si estarán bien, si disfrutaron del fin de semana, en definitiva, ¿cómo se encontrarán?

Por tantos pasillos, encontraba seres maravillosos, transformando mi peregrinación en paseo. Ofreciendo sus formas ornamentales al paisaje repetido de un día más aquí.

En la soledad de mi escritorio, comencé a hablarles, más allá de los recibos y los cheques.  Convirtiéndose en una grata sorpresa para tanto pesar, al oír  sus respuestas.

Descubrí, al escucharlas atentamente, de la existencia de otros laberintos.  Eran como universos paralelos… en donde yo era la hierba silvestre que creció en el hueco de un ladrillo flojo…

Y vi, desde mi pared, a las mujeres que recorren el laberinto todos los días, pasando por el pasaje donde permanezco aferrada por mis raíces,  sólo para saludarme, o saber cómo estoy…

Quizás, no sea como las plantas más fuertes, pero al existir y desarrollarme en ese paso del laberinto, hago de esos cuantos metros, un lugar único, indicándoles las salida… indicándome la salida.

 

 

 

viernes, 26 de septiembre de 2014

Luz


Luz

En pleno siglo XXI hay cuestiones en las que ya no se reparan. Aunque sean parte esencial de nuestras vidas, la gente ya no las considera. Hasta que un día faltan. Pasó durante el apagón. Un largo manto de silencio acunó al pueblo entero en pleno día. Al principio nadie se molestó, pensando que este inconveniente pasaría pronto.

Se tornó molesto, al llegar la noche con la energía aún sin volver.  Difícil situación, cuando una semana entera transcurrió. Adiós a los celulares, la novela de las cinco, los lujos de los electrodomésticos y también internet.

La gente necesitaba todo… pero lo que más necesitaban era continuar con su historia. Sin energía era imposible.

Juan, el librero, miraba e intentó aplacar la situación.

Vio a un niño en la librería y le dijo -dile a tu madre que hoy a las cinco se podrá ver la novela aquí. El niño salió corriendo con la noticia… y por supuesto, se corrió la voz.

A las cinco, la librería desbordaba de gente. Pero no había luz. Había un hombre, un libro y la disposición a leerles la novela de las cinco, que se basaba en la novela del siglo XVIII.

La organizada.


La organizada

Todo estaba anotado en su agenda.  También en su teléfono móvil, acaso perdiera alguno de los dos elementos, siempre podría recobrar la información. Incluso, anotaba hasta las efemérides personales y después guardaba las agendas de años anteriores, porque se habían convertido en libros de historia: la suya.

Con más de veinte agendas guardadas en la biblioteca, un día de mucha lluvia sin nada más que hacer,  se le ocurrió un experimento: cargó todas sus efemérides personales en una hoja de cálculo.

Mirando sus veinte años volcados en una sola hoja distinguió patrones, ausencias en reuniones,  flores secas sin saber por qué,  preguntas sin responder,  vio la vuelta a la esquina que no dio,  dilucidó el fino hilo de la causa y efecto en su vida, ya pasada. Es diciembre,  no habrá sorpresas: habrá tendencias, un alto porcentaje de posibilidades y una certeza absoluta.  La agenda 2014.

 

 

 

 

Desahogo


Desahogo

Llueve mansamente y sin parar, llueve sin ganas pero con una infinita paciencia, como toda la vida ha llovido. Es su momento de desahogo, no debe perder tiempo. Sale a la lluvia sin paraguas, sin maquillaje, sin peinarse y apenas toma el impermeable que siempre está listo colgado en la puerta. Todos ya saben de su manía de salir a caminar cuando llueve.

Para alguien que no se permite llorar frente a otras personas, salir a hacerlo bajo la lluvia es una buena idea. No se va muy lejos, no hace falta. Es lo que llaman descargar tensiones, lo ha leído en alguna revista de esas que hay en la peluquería. Hay gente que va al gimnasio, otros hacen terapia, otros discuten con su pareja… todos descargan algo. Ella llora. Al mal tiempo, buena cara, dicen por ahí. Pero ella es una rebelde, cuando el cielo llora, ella también… y cuando el cielo brilla, ella también… y cuando sale el arco iris indicando que la lluvia ha cesado, ella llora… de felicidad.

 

Turismo doméstico


Turismo doméstico

En poco tiempo, empezaré a despedirme de esta casa.  Todavía no hay nada empacado, y aunque guardara todo lo que veo, aun quedaría lo que no puedo tocar, ni puedo llevarme.

Dejo mi tranquilidad guardada en un cajón del modular del living. ¡Qué lindos muebles que tiene mi casa alquilada! Muy cómodos y espaciosos.  Al lado de la lámpara de pie como si fuera una escoba vieja, queda apoyada la alegría de vivir sin rejas, ni alarmas.

Tengo ganas de llevarme, el rompecabezas de envoltorios de chocolates, golosinas e infusiones de lo más variadas pegadas en mis  latas de papas fritas… La nostalgia no se quiere quedar; la tengo agarrada de mi mano bien fuerte como una niña pequeña en el momento de entrar al jardín de infantes.

¿No entra la cocina en la valija? Creo que no. ¿Pero acaso me he vuelto una amante del arte culinario? Muy lejos estoy de eso, aunque sí soy amiga de una cocina terminada, con estantes para todo, divisores para todo, cajones que ruedan sin esfuerzo, hornos que cocinan parejos y hornallas donde el jarrito de la leche no se vuelca.

¡Qué difícil es irse de un lugar que uno quiere tanto!

Algunos pensamientos positivos se quedan arrumbados en un rincón; no entran todos en las valijas… Aunque sé que los que llevo no son suficientes para el camino, ya no puedo llevarme más.  En cambio los pensamientos pesimistas entrarán todos. Primero, son menos. Segundo, ocupan menos espacio. Y tercero, estoy acostumbrada a guardarlos primero de todos. ¡No sea cosa que me vaya a olvidar de mis actitudes pesimistas! No sería yo.

Y qué extraño… los veo a todos esos pensamientos negativos, guardados prolijamente en los cajones. Hace más de dos años que no los uso… están casi nuevos, es decir, los compré antes de llegar hasta aquí y no los pude usar porque no tuve oportunidad de hacerlo.

En cambio los positivos están hechos unos trapos… algunos hasta tienen parches. ¡Qué problema! No quiero bajar del avión estrenando amarguras y tampoco quiero usar una sonrisa que ya no está acorde con la situación.

¡Tengo que comprarme más positivismo! Pero ya no tengo tiempo. Lo que me queda es recurrir a  mi ingenio y parchar lo positivo desgastado con lo negativo que pueda servir.

En vez de bajar del avión con una sonrisa radiante, la puedo agregar las trece horas y media de vuelo.

A mis ventanas sin rejas y mi tranquilidad a la luz de la luna, la mezclo con unas gotas de temor a ser descubierta sonriendo en un lugar donde no debo.

Y cuando el positivismo se haga hilachas de tanto usarlo, volveré a comprarme recorriendo la nueva casa, que es la vieja casa anterior a la que habité estos maravillosos años. Donde seguro quedan vestigios de que algo bueno también pasó por ahí. Y no solo son alambres rotos, cosas robadas y sueños interrumpidos lo que se esconden en el hueco de la escalera.

Esa casa, todavía tiene paisajes nuevos que mostrarme. Una habitación vacía que pueda endulzar mis días de pintora de brocha gorda. El comedor principal desnudo hará de conejillo de indias en mis exploraciones al mundo de la decoración.

Derribaré el ropero a mazazos en mi impotencia por perder la batalla contra la humedad… donde ya no puedo  entretenerme como Chico Carlo.

Escalaré la nueva escalera caracol, de peldaños provisorios que conducen a la torre de un castillo sin cisnes o pinturas legendarias, pero con un baño que hará enverdecer de envidia a cualquiera… ya verán.

En el nuevo living veo los cajones de manzana que ofician de banqueta, esperando la retirada cuando haga la entrada triunfal un mueble desvencijado listo para retapizar y siga quedando viejo, porque son como los peinados de ahora: despeinados prolijamente con spray.

Creo ser la continuación del cuento de Cenicienta… Lo que sigue a “vivieron felices por siempre” y… perdieron el castillo cuando se terminó el contrato de alquiler, pero siguen juntos, felices y volvieron a la casa de ella donde le probó el zapatito de cristal.

Y será un nuevo comienzo, en esa casa que nos conoció y que ahora nos recibirá nuevamente como personas distintas, sin rencores por habernos ido y con la alfombra roja de ladrillos en el jardín con pasto entre los bordes.