lunes, 20 de octubre de 2014

El arte de no hacer


El arte de no hacer

Este es el cuento de un pueblo, donde el intendente al asumir su cargo, se cambiaba el nombre.  Todos se llamaban “Juan”.  Hacía tiempo, se optó por este método, porque simplemente daba lo mismo quién ocupara el cargo, todos se esmeraban para imitar o superar al anterior: hacer lo menos posible.

Cada nuevo período, era todo un desafío.  Incluso, se convirtió en un reto a la inteligencia, descubrir maneras más ingeniosas del no hacer.  El escritorio, desprovisto de sellos, mucho menos computadora, esperaba al nuevo sucesor. 

Juan  tomo asiento, examinó cuidadosamente el mueble.  Abrió cada uno de los cajones, no encontró mucho: una birome reventada, una goma  nueva, el corrector (seco) y un cubo mágico.

Luego de pensar meticulosamente y por supuesto, con la idea de superar al anterior Juan, ordenó que se sacara el escritorio de la oficina.  Lo reemplazaría por una mesa ratona, un mini bar y dos cómodos sillones de pana.

Después de beber el vermut de media mañana, creyó conveniente visitar el consejo… no sea cosa que algún concejal se le ocurriera proponer alguna ordenanza.  Cuando llegó, no encontró a nadie.  Se sintió un poco tonto, porque evidentemente esta gente ya ejercía el arte del  “no hacer” mucho tiempo antes que él.  Pero como ya se encontraba en el Palacio Municipal, le dio pereza irse.  Quizás, mañana se tomara un descanso.  Por segundos, recordó su campaña.  Todo lo que había prometido para ganar.  El lema fue: “haré lo posible, para no interceder en sus vidas”… y ganó.

Los ciudadanos, resignados, se tomaban las campañas electorales como un concurso de chistes.  El que mejor los cuente, a ese votan.  Con saber que en las boletas,  sólo se indicaba “vota a Juan” y el número del partido.   Incluso afirmaban que, el cambio de nombre, protegía al mismo intendente… contra un ataque de ira  de algún  ciudadano que quisiera atentar contra el statu quo.

No eran muy comunes estos ataques, aquel que no estuviera de acuerdo, simplemente se mudaba.

Se preguntarán, cómo sería la vida en aquel pueblo que a simple vista estaba a la deriva.  Bueno,  se daba una suerte de realidad paralela.  En la realidad, reinaba la política ficticia y en la ficción del poder no oficial, un grupo de ciudadanos integraban el consejo de buenos usos.  Aquellos ciudadanos que tuvieran una propuesta para mejorar algo podrían acercarse.   Es así, como las calles estaban asfaltadas, las escuelas funcionaban, los bomberos trabajaban de bomberos y el hospital sobrevivía.

Todo marchaba como de costumbre, hasta aquel desgraciado día en que  el cielo se tornó gris oscuro, los animales estaban notoriamente intranquilos, el viento comenzó a tomar una velocidad inusitada.  Sin tiempo  para evacuar, el tornado arrasó el pueblo entero.

En medio de los gritos, Juan improvisó lo poco que sabía de rescates y junto a una cuadrilla dedicaron una semana entera a salvar y evacuar gente.  El pueblo fue noticia principal de los medios de comunicación por varios días.  La gobernación se hizo eco de la emergencia por la que atravesaba toda esa gente y de inmediato (en términos burocráticos, más o menos un mes) dispuso de un fondo de reconstrucción del pueblo.

El intendente Juan, se encontró en una verdadera encrucijada.   Entre sus ambiciones personales, deseaba ser el intendente con menos ordenanzas emitidas y en el otro extremo,  la gente de su pueblo clamando soluciones.

Hasta que llegaran los fondos, 30 días tenía para pensar  cómo salir del brete.   Durante ese mes,  llegaron los presupuestos de todos los edificios que necesitaban reparación.  Incluso, los de las casas. Acomodaba las carpetas, cuidadosamente sobre la mesa ratona.  Mientras bebía un whisky, observaba inmerso en pensamientos de los más variados, todas las urgencias que se acumulaban ante sus ojos.  Parecían no tener fin.  A simple vista, calculó unas 218 ordenanzas… estaba perdido.

Tan enfrascado en pensamientos, necesitó ordenar algunos.  Buscó  inútilmente lápiz y papel en su oficina.  Los buscó en todo el edificio, sin éxito.  Pidió a los propios habitantes,  los cuales tampoco pudieron hacer mucho por él.   Debió improvisar.

No solo, debía pensar la medida a tomar, sino que también debía ser lo suficientemente amplia para cumplir con toda la reconstrucción del pueblo.

Tomó un mantel blanco, de los que adornaban la mesa del vestíbulo en el Palacio Municipal e invitó a las mujeres que supieran bordar.

“Por medio de la presente ordenanza, y en vistas de la situación que apremia al pueblo, autorizo a  ejecutarse, todos los proyectos presentados y también los futuros, con el fin de mejorar el estado actual de nuestro querido hogar.”

Las tres señoras que prestaron su pericia para bordar el mantel, tardaron un  día completo en terminarlo.

El pueblo estaba muy contento y Juan también, ya que pasaría a la historia como el intendente que emitió la menor cantidad de ordenanzas… o por lo menos eso creyó.  Todos los edificios públicos reconstruidos se reinauguraron con el nombre de “Juan”. 

Atormentado  de haber hecho un bien inigualable a ese puñado de ciudadanos que lo vitoreaban cada vez que lo veían, se encerró en su oficina con la presión del deber bien hecho… y de las futuras nuevas medidas para mejorar la realidad de los mismos.

¡Les prometí interceder lo menos posible en sus vidas!… se repetía como si estuvieran en el palco de campaña… les prometí… les prometí y su vista se nublaba.

A través de la ventana, escuchaba al pueblo, pidiendo otras cosas.  Exaltados y a los gritos, nuevos grupos ocupaban la plaza.  Juan, enroscado en su mantel bordado, intentaba comprender en qué demonios había fallado.  Cómo fue que ocurrió… traicionarse a él mismo.

 

 

 

 

 

 

1 comentario:

  1. Este cuento, fue inspirado en una charla que mantuvieron dos periodistas sobre la inacción de los políticos. Espero que les guste. :)

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