El
arte de no hacer
Este
es el cuento de un pueblo, donde el intendente al asumir su cargo, se cambiaba
el nombre. Todos se llamaban “Juan”. Hacía tiempo, se optó por este método, porque
simplemente daba lo mismo quién ocupara el cargo, todos se esmeraban para
imitar o superar al anterior: hacer lo menos posible.
Cada
nuevo período, era todo un desafío.
Incluso, se convirtió en un reto a la inteligencia, descubrir maneras
más ingeniosas del no hacer. El
escritorio, desprovisto de sellos, mucho menos computadora, esperaba al nuevo
sucesor.
Juan tomo asiento, examinó cuidadosamente el
mueble. Abrió cada uno de los cajones,
no encontró mucho: una birome reventada, una goma nueva, el corrector (seco) y un cubo mágico.
Luego
de pensar meticulosamente y por supuesto, con la idea de superar al anterior
Juan, ordenó que se sacara el escritorio de la oficina. Lo reemplazaría por una mesa ratona, un mini
bar y dos cómodos sillones de pana.
Después
de beber el vermut de media mañana, creyó conveniente visitar el consejo… no
sea cosa que algún concejal se le ocurriera proponer alguna ordenanza. Cuando llegó, no encontró a nadie. Se sintió un poco tonto, porque evidentemente
esta gente ya ejercía el arte del “no
hacer” mucho tiempo antes que él. Pero
como ya se encontraba en el Palacio Municipal, le dio pereza irse. Quizás, mañana se tomara un descanso. Por segundos, recordó su campaña. Todo lo que había prometido para ganar. El lema fue: “haré lo posible, para no
interceder en sus vidas”… y ganó.
Los
ciudadanos, resignados, se tomaban las campañas electorales como un concurso de
chistes. El que mejor los cuente, a ese
votan. Con saber que en las boletas, sólo se indicaba “vota a Juan” y el número
del partido. Incluso afirmaban que, el
cambio de nombre, protegía al mismo intendente… contra un ataque de ira de algún
ciudadano que quisiera atentar contra el statu quo.
No
eran muy comunes estos ataques, aquel que no estuviera de acuerdo, simplemente
se mudaba.
Se
preguntarán, cómo sería la vida en aquel pueblo que a simple vista estaba a la
deriva. Bueno, se daba una suerte de realidad paralela. En la realidad, reinaba la política ficticia
y en la ficción del poder no oficial, un grupo de ciudadanos integraban el
consejo de buenos usos. Aquellos
ciudadanos que tuvieran una propuesta para mejorar algo podrían acercarse. Es así, como las calles estaban asfaltadas,
las escuelas funcionaban, los bomberos trabajaban de bomberos y el hospital
sobrevivía.
Todo
marchaba como de costumbre, hasta aquel desgraciado día en que el cielo se tornó gris oscuro, los animales
estaban notoriamente intranquilos, el viento comenzó a tomar una velocidad
inusitada. Sin tiempo para evacuar, el tornado arrasó el pueblo
entero.
En
medio de los gritos, Juan improvisó lo poco que sabía de rescates y junto a una
cuadrilla dedicaron una semana entera a salvar y evacuar gente. El pueblo fue noticia principal de los medios
de comunicación por varios días. La
gobernación se hizo eco de la emergencia por la que atravesaba toda esa gente y
de inmediato (en términos burocráticos, más o menos un mes) dispuso de un fondo
de reconstrucción del pueblo.
El
intendente Juan, se encontró en una verdadera encrucijada. Entre sus ambiciones personales, deseaba ser
el intendente con menos ordenanzas emitidas y en el otro extremo, la gente de su pueblo clamando soluciones.
Hasta
que llegaran los fondos, 30 días tenía para pensar cómo salir del brete. Durante ese mes, llegaron los presupuestos de todos los
edificios que necesitaban reparación. Incluso, los de las casas. Acomodaba las
carpetas, cuidadosamente sobre la mesa ratona.
Mientras bebía un whisky, observaba inmerso en pensamientos de los más
variados, todas las urgencias que se acumulaban ante sus ojos. Parecían no tener fin. A simple vista, calculó unas 218 ordenanzas… estaba
perdido.
Tan
enfrascado en pensamientos, necesitó ordenar algunos. Buscó
inútilmente lápiz y papel en su oficina.
Los buscó en todo el edificio, sin éxito. Pidió a los propios habitantes, los cuales tampoco pudieron hacer mucho por
él. Debió improvisar.
No
solo, debía pensar la medida a tomar, sino que también debía ser lo
suficientemente amplia para cumplir con toda la reconstrucción del pueblo.
Tomó
un mantel blanco, de los que adornaban la mesa del vestíbulo en el Palacio
Municipal e invitó a las mujeres que supieran bordar.
“Por
medio de la presente ordenanza, y en vistas de la situación que apremia al
pueblo, autorizo a ejecutarse, todos los
proyectos presentados y también los futuros, con el fin de mejorar el estado actual
de nuestro querido hogar.”
Las
tres señoras que prestaron su pericia para bordar el mantel, tardaron un día completo en terminarlo.
El
pueblo estaba muy contento y Juan también, ya que pasaría a la historia como el
intendente que emitió la menor cantidad de ordenanzas… o por lo menos eso
creyó. Todos los edificios públicos
reconstruidos se reinauguraron con el nombre de “Juan”.
Atormentado de haber hecho un bien inigualable a ese
puñado de ciudadanos que lo vitoreaban cada vez que lo veían, se encerró en su
oficina con la presión del deber bien hecho… y de las futuras nuevas medidas
para mejorar la realidad de los mismos.
¡Les
prometí interceder lo menos posible en sus vidas!… se repetía como si
estuvieran en el palco de campaña… les prometí… les prometí y su vista se
nublaba.
A
través de la ventana, escuchaba al pueblo, pidiendo otras cosas. Exaltados y a los gritos, nuevos grupos
ocupaban la plaza. Juan, enroscado en su
mantel bordado, intentaba comprender en qué demonios había fallado. Cómo fue que ocurrió… traicionarse a él
mismo.
Este cuento, fue inspirado en una charla que mantuvieron dos periodistas sobre la inacción de los políticos. Espero que les guste. :)
ResponderEliminar