domingo, 12 de octubre de 2014

La tarta


La tarta

Una vez, escuché una teoría sobre la gente que es tartamuda.  La tartamudez surge de un encontronazo de ideas; todas se pelean por salir primero por la boca, pero es tal la burocracia del cerebro en el sentido de procesar una sola orden a la vez, que la boca termina recibiendo sílabas sin sentido y “ecos” de ideas atrapadas en la garganta. Como resultado tenemos un ta, ta, ta, ta, es no es, eso no no no no, no, pero pero pero pero… y así. Hasta que finalmente, tomamos un poco de aire; el cerebro se oxigena y puede llegar a organizar las frases en un orden mínimamente coherente.
Entre las conclusiones que surgen, es que el tartamudo genera más ideas que alguien normal, por lo tanto es más inteligente… pero menos administrativo para organizar su salida.  Esto le pasó en la cabeza de una amiga, conocida, allegada o algo así.   No recuerdo, ni me importa, no interesa en esta historia… pero la verdad es que la gente ya le hablaba cada vez menos, porque cuando  debía contestar era prácticamente imposible. Todos le tenían mucha paciencia aunque ya no se podía siquiera hablar del tiempo… eso también era debatible.  Y si hay  algo de lo cual no se aburría jamás era cuando podía  discutir, debatir, disertar y confrontar con ella misma. Estuvo dos días tartamudeando sola… tratando de determinar si la lluvia del sábado pasado fue desmedida y si el arco iris tardó mucho en aparecer.

Lamentablemente le costaba la conclusión: no se decidía por ninguna de las ideas, todas eran buenas y fundamentadas. Quizás cansada de tartamudear sola, reflexionó, se inclinó o de alguna forma determinó que debía hallar la forma de seleccionar la idea más apta para echarla al aire y poder mantener una conversación con los “normales”.  Necesitaba concluir. 

Hizo algo bastante práctico en estos días: tomo un curso de “Toma de decisiones”.  El auditorio, lleno de empresarios de Pymes y gerentes con sus notebooks y celulares de última generación. Ella con su libreta anillada  y la” bic” se sentó delante de todo. 

El curso duró unos meses.  Pacientemente, escuchó todos los argumentos. Los tiempos para gestar las propuestas, los pro y contras de un emprendimiento; las ideas desperdiciadas por implementarse en tiempos inadecuados; la información útil y eficaz (o era eficaz y útil) en el tiempo correcto para la toma de decisiones y otros vericuetos que hacen a la conducción de una empresa.  Todo era correcto, cada premisa iba con alguna situación. 

Llegó el día del cierre… las benditas conclusiones.  Pasaron todos los asistentes a exponer un tema en particular y el aporte del curso en sus respectivos trabajos.  Ella esperó y escuchó a cada uno de los treinta oradores. En verdad, hacía cuatro meses que no hablaba. Estaba maravillada con la técnica y la manera en que se ordenan los procesos.  Todo engarzado con conectores, preposiciones, puntos, comas… tantas ideas organizadas.  Por momentos, no sabía si estaba en un seminario de la NASA o en un curso de “Toma de decisiones”. 

Llegó su turno.  Subió al escenario, no sacó un papel… sólo miró al auditorio y dijo de corrido:  -gracias por escucharme, mi objetivo se ha cumplido-.

Silencio  pasmoso en el auditorio, los dueños y gerentes se quedaron esperando un discurso, una muestra, un ejemplo de cómo el curso había mejorado sus gestiones. Por supuesto, ellos no sabían que lo que debía organizar esta mujer, era su cabeza. Ella los miró a todos y se dio cuenta que esperaban algo más… ¿qué quieren que diga?

¡Oh no! Otra vez, el ataque de ingenio volvía a transformar su cerebro en un caos ingobernable.  Por un momento, se tentó de seguir hablando.  Sin embargo, aunque pudiera hilvanar tres o cuatro reflexiones y transformarlas en oraciones sintió que no valía la pena.  ¿Qué pudiera explicarles? ¿Hablar de su “merengue” para organizar ideas? ¿Debatir las propuestas de los empresarios exponiendo sus divergencias? ¿Comentar sus exposiciones? ¿Aportarles mejores ideas? Nada de eso. Todo esto pensó, en los 10 segundos siguientes, después de terminar de hablar. 

Por fin, se abrió paso una idea, tímida… casi sin querer. La voz salió sin avisar al cerebro: “hay un buffet en el salón contiguo para todos”. 

Se levantaron  al instante e intentaron salir al mismo tiempo. Todos se quedaron atascados en la puerta sin poder pasar.  El profesor de la cátedra miraba atónito… se supone que acaban de presenciar un curso de toma de decisiones… Ella, todavía sobre el escenario, tuvo por primera vez la imagen de lo que pasa en su cabeza al ver a todos luchando por salir sin organizarse.  

Aprovechando esta confusión, se acercó al profesor y en perfecto español con las comas, los puntos y los conectores en su lugar le dijo: -creo que el curso no ha fracasado, pues yo he logrado mi objetivo.  Quizás, el resto de los alumnos, deban repetirlo.- 

Viendo inviable la salida por la puerta, salió por la ventana con el certificado de asistencia en la mano y una sonrisa en la cabeza reflejada en su boca.

 

 

 

1 comentario:

  1. En este caso, creo yo, aquí se nota cierta madurez en la escritura. Además de que el cuento fue creado sin necesidad de consigna alguna. El tema de la tartamudez se repetirá en otro cuento. Se ve que, es algo que me interesa bastante. Por supuesto, tiene la dosis administrativa (como la sal) correspondiente. Espero, les guste.

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