La tarta
Una vez, escuché una teoría sobre la
gente que es tartamuda. La tartamudez
surge de un encontronazo de ideas; todas se pelean por salir primero por la
boca, pero es tal la burocracia del cerebro en el sentido de procesar una sola
orden a la vez, que la boca termina recibiendo sílabas sin sentido y “ecos” de
ideas atrapadas en la garganta. Como resultado tenemos un ta, ta, ta, ta, es no
es, eso no no no no, no, pero pero pero pero… y así. Hasta que finalmente,
tomamos un poco de aire; el cerebro se oxigena y puede llegar a organizar las
frases en un orden mínimamente coherente.
Entre las conclusiones que surgen, es
que el tartamudo genera más ideas que alguien normal, por lo tanto es más
inteligente… pero menos administrativo para organizar su salida. Esto le pasó en la cabeza de una amiga,
conocida, allegada o algo así. No
recuerdo, ni me importa, no interesa en esta historia… pero la verdad es que la
gente ya le hablaba cada vez menos, porque cuando debía contestar era prácticamente imposible. Todos
le tenían mucha paciencia aunque ya no se podía siquiera hablar del tiempo… eso
también era debatible. Y si hay algo de lo cual no se aburría jamás era
cuando podía discutir, debatir, disertar
y confrontar con ella misma. Estuvo dos días tartamudeando sola… tratando de
determinar si la lluvia del sábado pasado fue desmedida y si el arco iris tardó
mucho en aparecer.
Lamentablemente le costaba la
conclusión: no se decidía por ninguna de las ideas, todas eran buenas y
fundamentadas. Quizás cansada de tartamudear sola, reflexionó, se inclinó o de
alguna forma determinó que debía hallar la forma de seleccionar la idea más
apta para echarla al aire y poder mantener una conversación con los
“normales”. Necesitaba concluir.
Hizo algo bastante práctico en estos
días: tomo un curso de “Toma de decisiones”.
El auditorio, lleno de empresarios de Pymes y gerentes con sus notebooks
y celulares de última generación. Ella con su libreta anillada y la” bic” se sentó delante de todo.
El curso duró unos meses. Pacientemente, escuchó todos los argumentos.
Los tiempos para gestar las propuestas, los pro y contras de un emprendimiento;
las ideas desperdiciadas por implementarse en tiempos inadecuados; la
información útil y eficaz (o era eficaz y útil) en el tiempo correcto para la
toma de decisiones y otros vericuetos que hacen a la conducción de una
empresa. Todo era correcto, cada premisa
iba con alguna situación.
Llegó el día del cierre… las benditas
conclusiones. Pasaron todos los
asistentes a exponer un tema en particular y el aporte del curso en sus
respectivos trabajos. Ella esperó y
escuchó a cada uno de los treinta oradores. En verdad, hacía cuatro meses que
no hablaba. Estaba maravillada con la técnica y la manera en que se ordenan los
procesos. Todo engarzado con conectores,
preposiciones, puntos, comas… tantas ideas organizadas. Por momentos, no sabía si estaba en un
seminario de la NASA o en un curso de “Toma de decisiones”.
Llegó su turno. Subió al escenario, no sacó un papel… sólo
miró al auditorio y dijo de corrido: -gracias
por escucharme, mi objetivo se ha cumplido-.
Silencio pasmoso en el auditorio, los dueños y
gerentes se quedaron esperando un discurso, una muestra, un ejemplo de cómo el
curso había mejorado sus gestiones. Por supuesto, ellos no sabían que lo que
debía organizar esta mujer, era su cabeza. Ella los miró a todos y se dio
cuenta que esperaban algo más… ¿qué quieren que diga?
¡Oh no! Otra vez, el ataque de
ingenio volvía a transformar su cerebro en un caos ingobernable. Por un momento, se tentó de seguir
hablando. Sin embargo, aunque pudiera
hilvanar tres o cuatro reflexiones y transformarlas en oraciones sintió que no
valía la pena. ¿Qué pudiera explicarles?
¿Hablar de su “merengue” para organizar ideas? ¿Debatir las propuestas de los
empresarios exponiendo sus divergencias? ¿Comentar sus exposiciones?
¿Aportarles mejores ideas? Nada de eso. Todo esto pensó, en los 10 segundos
siguientes, después de terminar de hablar.
Por fin, se abrió paso una idea,
tímida… casi sin querer. La voz salió sin avisar al cerebro: “hay un buffet en
el salón contiguo para todos”.
Se levantaron al instante e intentaron salir al mismo
tiempo. Todos se quedaron atascados en la puerta sin poder pasar. El profesor de la cátedra miraba atónito… se
supone que acaban de presenciar un curso de toma de decisiones… Ella, todavía
sobre el escenario, tuvo por primera vez la imagen de lo que pasa en su cabeza
al ver a todos luchando por salir sin organizarse.
Aprovechando esta confusión, se
acercó al profesor y en perfecto español con las comas, los puntos y los
conectores en su lugar le dijo: -creo que el curso no ha fracasado, pues yo he
logrado mi objetivo. Quizás, el resto de
los alumnos, deban repetirlo.-
Viendo inviable la salida por la
puerta, salió por la ventana con el certificado de asistencia en la mano y una
sonrisa en la cabeza reflejada en su boca.
En este caso, creo yo, aquí se nota cierta madurez en la escritura. Además de que el cuento fue creado sin necesidad de consigna alguna. El tema de la tartamudez se repetirá en otro cuento. Se ve que, es algo que me interesa bastante. Por supuesto, tiene la dosis administrativa (como la sal) correspondiente. Espero, les guste.
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