viernes, 24 de octubre de 2014

Los mosquitos


Los mosquitos

Érase una vez, un pueblo en medio del monte a punto de extinguirse. Realidad que atraviesan muchos poblados cuando la única ruta que los conecta sufre el deterioro y la falta de mantenimiento a lo largo de los años. Lo poco que llega es la onda radial… y eso es porque el viento sopla siempre para ese lado.

Estaban tan aislados del mundo, que el día que los invadió la ola  de mosquitos nadie fue a auxiliarlos. Quizás, esto no sea un problema difícil de controlar… aunque no se trataba de mosquitos normales… Se cree que provienen de una laguna vecina altamente contaminada… o tal vez, su agua fuera tan pura y se creyó que estuviera contaminada.

La ola de mosquitos se abalanzó sobre los desprevenidos y rápidamente el efecto comenzó a notarse: la gente alucinaba y pareciera estar embriaga de amor. 

El primer día, las picaduras afectaron a más de la mitad de la población y sus consecuencias provocaron en los habitantes del lugar, situaciones impensadas.

Los vecinos enemistados por años se abrazaban en la esquina, a la vista de todos, que miraban boquiabiertos. El intendente firmando la cesión de un terreno municipal para la construcción de un parque, después de haberse negado durante mucho tiempo porque consideraba que no era necesario tal cosa. Los concejales opositores, invitando a un almuerzo a sus pares del partido gobernante. El comerciante del barrio, haciendo descuentos disparatados para que todos puedan comprar.  El farmacéutico regalando caramelos de miel y drogas calmantes. La verdulera regalando cien gramos más de lo que el cliente compre y también maracuyás a todos y todas. La maestra explicando con canciones las tablas de  multiplicar al ritmo de un bolero que enamora. Una proliferación de cartas de amor inunda el correo. Los perros haciendo “perradas” más que antes, incluso en el mismo día con varias perras. Los alumnos acudiendo a clases, con ganas… y hasta el canario de la vecina más amarga de la cuadra le daba serenata a su dueña sin merecerlo.  Nada era como siempre.

Por supuesto, los que miraban extrañados eran los que no tenían roncha. Los hechos no dejaban lugar a dudas: esto era una maldición. Los efectos duraban cinco horas aproximadamente… y luego, sobrevino el miedo. Había temor en todas partes. De los picados y los sin picar. De los que hicieron cosas y los que vieron como los demás hacían cosas impensadas.

Al segundo día, todos se vistieron como si estuvieran en Siberia. Nadie quería sufrir el “efecto mosquito”. Aunque andar tapado no era una solución definitiva. En medio de la conmoción y en sesiones extraordinarias, los concejales del pueblo votaron unánime secar la laguna. Porque este tipo de cosas, solo puede traer más desgracias. El amor en dosis altas, no es aconsejable.

Al día siguiente de la votación, todos vestidos con trajes de buzo y con la pala al hombro, marcharon a la laguna y comenzaron la difícil tarea de echarle tierra. Una semana completa se demoraron en tapar la laguna con tierra, piedras y hojas.

Y para celebrar el fin del mosquito, plantaron árboles frutales y de paso, reflotaron su sedienta economía… Los árboles crecían con una rapidez inusual y sus frutos rebosaban de salud. No quedaban dudas ya, el agua era pura… purísima.

Y ellos, habían secado la laguna.

 

1 comentario:

  1. Este cuento, no ha participado en concursos. Creo que ha quedado algún pedacito de romanticismo flotando en mi escritura. Espero que les guste.

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