Preámbulo
Corre
el año 2007, estamos en invierno en el hemisferio sur y la crisis energética
goza de buena salud. Esta vez, nos tocó
un invierno de novela. El día de la independencia nevó y yo… empecé a
trabajar. Tal vez me hubiera gustado
conseguir algo más “prestigioso” para
estrenar mi título de licenciada en administración. Pero la verdad –triste- es
que no consigo trabajo como licenciada ya que no tengo experiencia laboral.
Decidí comenzar por el principio y busqué “un primer empleo”, los cuales no
exigen tener un título universitario ni experiencia previa.
Cocoland 1: Navegando en aguas laborales desconocidas
Desde
el sábado pasado empecé a trabajar en Cocoland,
el parque de juegos que está ubicado en el patio de comidas del hipermercado Cuatrocarros.
Pero
antes de empezar a relatar esta experiencia, quisiera contar sobre los días
previos al primer día de trabajo.
La
primera desprolijidad: el día que firmamos el contrato. Era un viernes y nos
llamaron ese mismo día para firmar el contrato a las 6 de la tarde. Éramos 6
jóvenes sonrientes, listos para estrenar nuestra firma en algo “importante”. De
todas las explicaciones y normas de trabajo que debíamos conocer y recibir,
nadie nos había avisado nada. Y menos, escucharlas el mismo día de la firma del
contrato. El teléfono de la oficina, sonaba a cada rato. Eran los padres de los
jóvenes –yo ya estaba casada y con dos hijas, así que, no esperaba ese tipo de
llamadas para mí- preguntando por sus hijos. Terminamos saliendo a las 11 de la
noche. Pienso que no era necesario demorarnos hasta tan tarde. Todo ese palabrerío
podría haberse realizado al día siguiente.
Pero
lo mejor está por venir: los uniformes.
Verdaderamente pienso que la gente de Cocoland no quiere a sus empleados.
Ya que no hallo otra explicación para que los uniformes y nuestros
peinados sean tan ridículos. El uniforme se compone de las siguientes prendas y
accesorios: gorrita con visera color amarillo huevo y letras rojas,
-las
mujeres- dos trenzas sujetas con colitas rojas, sigue con una camisa de mangas
cortas (¡Hola! Estamos en INVIERNO) color blanca con cuello verde, cinturón
rojo, pantalones con costuras rojas y en una pierna las letras de Cocoland bordadas a todo color; por último, zapatillas azules.
Pero si todavía consideran que exagero, les agrego el último detalle: los
uniformes son usados… hasta las zapatillas.
Los
pantalones que me tocaron estaban rotos en el “traste”. Además, a pesar de ser
mi talle, este ejemplar me quedaba tremendamente grande. Me opuse rotundamente
a usarlo. Lamentablemente, no pude
esquivar las zapatillas –de pésima calidad- que me producen dolor de cintura. Igualmente, manifesté mi descontento y
desagrado por tener que utilizar ropa usada.
Por
el momento voy a trabajar con un jean azul de mi propiedad, hasta que la casa
central se digne a enviar un pantalón y una camisa nuevos aunque creo que la
situación se dilatará un tiempo largo.
La
respuesta es sí, hace frío.
Afortunadamente, hay una solución: camperas rojas “comunitarias”. Es decir, las usamos todos mientras estemos
en el salón de juegos y cuando subimos a tomar nuestro descanso, se las pasamos
a nuestro reemplazo. ¿No les parece de
miserables?
Algunas
camperas son de talla más grandes que otras y viceversa; La conclusión teórica
a la que llego es que, un día podría
usar una campera muy, muy, muy grande; por lo tanto, quedaré más ridícula de lo
normal. Igualmente no me quiero adelantar… siempre puede ser peor de lo que me
imagino.
Si yo tuviera que decir cuál fue mi primera obra literaria, diría que Crónicas de Cocoland se lleva ese título. Gracias a todos por leerme y espero que les guste.
ResponderEliminar