Crónicas
de Cocoland: Los padres...
Hay
clientes, que podría clasificar como “no hay tiempo para disfrutar de
nada”. Tengo algunos ejemplos para
ilustrarles. Hay papás que realmente quieren ver disfrutar a
sus hijos a pleno de todas las atracciones del parque. Pero no solo conformes con ello, quieren que
disfruten del juego y que coman un helado a la vez. Me gustaría que visualicen la escena: nene de
dos años, adentro de una burbuja con botones y un helado en la mano. ¡Menos mal que con la otra manito tienen que
tocar los botones, sino ya le hubieran enchufado otra cosa! Lo que quiero
decir, es que se ha perdido el disfrutar de a una cosa a la vez. Todo tiene que ser ya. Puedo agregar que está “prohibido” comer o
tomar arriba de los juegos. Ahí entro
yo… o por lo menos debería entrar.
Generalmente, ante estos casos me quedo cerca y sólo observo… a los padres.
Algunos, muy disimuladamente sacan al chico del juego (que dicho sea de
paso, no consumieron porque jamás pasaron la tarjeta) y otros me miran como si
vieran a un toro, por lo que yo entiendo: vení a decirme en la cara que lo que
estoy haciendo no está permitido. En otras palabras, los juegos son una especie
de bancos infantiles muy sofisticados.
Es más, se me acaba de ocurrir una idea que va a pegar: si los padres
acceden, Cocoland podría contar con un peluquero infantil que le corte el pelo
a sus hijos, en el camión de bomberos mientras toman helado.
Yo
me pregunto ¿Cómo los niños no van a querer “todo ya” si nosotros -los padres-
no les enseñamos a disfrutar un helado tranquilos o a jugar primero y comer
después?
Pero
bueno, ya me puse muy seria. Volvamos a
lo interesante. Hay papás, abuelos y otros grandes (cualquiera sirve, mientras
tenga dinero) muy apasionados, tanto que juegan más ellos que los mismos
chicos. Hubo un caso, en que terminó
jugando un mayor en la máquina de los cocodrilos (los que no saben cómo es el
juego: salen siete cocodrilos al azar por unos túneles y hay que pegarles para
acumular puntos) por que el chico le tenía miedo a los bichitos. O sino, cuando
el chico juega “mal” vos ves que el “adulto” lo reta. Si bien eso ya sería un caso catalogado como
“extremo”. Igualmente aquí lo que sale parejo son los llantos cuando dejan el
parque… tanto chicos como grandes lloran por distintas razones. Unos porque quieren seguir jugando… otros
porque no saben cómo seguir hasta fin de mes después de la visita.
Siguiendo
con la lista de las cosas buenas debo agregar que los horarios son flexibles ya
que están pensados para chicos que estudian.
En mi caso, está pensado para que pueda ir a buscar a mis hijas a la
escuela. Otra cosita para agregar, es el
trato muy amigable (a pesar de dicho supervisor). Acá las cosas se piden de
buena manera, con muchos “gracias” y “por favor” y nos tratamos de “vos”. Todos mis compañeros me ayudan, y viceversa,
cuando no me acuerdo de algo o cosas por el estilo.
La
otra buena noticia, es que por vacaciones de invierno, las pintadas de rostro
se harán todos los días. Les cuento que
la supervisora impulsora, de la idea ha encontrado resistencias, sobre todo en
la comunidad masculina, los cuales ven este tipo de acciones, lisa y llanamente
como de “maricones”. Es decir, ¿qué
clase de macho se pintaría una flor, o un corazoncito en la mejilla? Realmente están entre la espada y la pared,
ya que la otra opción son esos gorritos tan graciosos. ¿Y a qué no saben? ¡Hay varios modelos! El domingo pasado vi los
de arlequín. La verdad; entre los de
galera de siete colores y estos no sé con cual colgarme; ¡ups! Quise decir,
quedarme.
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