lunes, 17 de noviembre de 2014

Crónicas de Cocoland. Parte IV.


                                          Crónicas de Cocoland: El génesis de la escasez.

Quisiera hacer un llamado a la solidaridad.  Cualquiera, que disponga de franelas, nuevas o en buen estado, de cualquier grupo y factor, favor de acercarlas a Cocoland Park, ya que sus empleados realizan sus tareas de limpieza con las últimas disponibles en stock.  Voy a explayarme un poco más sobre este episodio.

El lunes 16 de julio, se dispuso una limpieza general del parque, hecho que relaté anteriormente.  El detalle curioso fue, el faltante de franelas y líquido limpiador multiuso.  En el depósito quedaban exactamente 1 y ½ franelas.  Con un tijeretazo obtuvimos 3.  Imagínense limpiar alrededor de treinta y pico de máquinas con tres trapos de mierda y con media botella de limpiador líquido.  A esta altura creo que la Casa central de la empresa -ubicada en la provincia de Córdoba- ya habrá mandado un lote nuevo de esa tela tan noble, que según mis cálculos deberían hacerlas durar hasta el 2027 aproximadamente, capaz que más… dependiendo de cuántas veces el  presidente de la empresa, vuelva a visitarnos.

El asunto es que las franelas, según mi criterio de ama de casa experimentada, ya tendrían que pasar a disponibilidad.  Ni que hablar de las que ya existían, las cuales, increíblemente, aún siguen colgadas en sus respectivos ganchos esperando que algún daltónico confunda el negro… con el anaranjado.

Otro utensilio con el que me he familiarizado en estos últimos días fueron las escobas cortas con palitas.  Son bastante útiles… y creo que lo serían aún más,  si tuvieran cerdas.   Algo que también corroboré  es que limpiar el salón con agua sucia tiene el mismo resultado que hacerlo con agua limpia. 

Pero bueno, ya dejemos los asuntos mínimos a un lado y ocupémonos del personal “estable del lugar”. 

De los tres supervisores que tengo -gracias a Dios, de a uno por vez- hay uno que no  soporto.  Cada vez que me ve, debo ir a limpiar.  Siempre me está corrigiendo todo. Si no es que estoy cruzada de brazos – se la considera  una postura antipática para el cliente-, tengo el prendedor sobre el bolsillo -lo cual no debe ir ahí, sino arriba del bolsillo- y sino, me manda a pasar el plumero arriba de la escalera ¿Será  para tenerme fuera del campo visual?  Resulta que este señorcito es muy quisquilloso para mi gusto.  Les juro que trato de poner mi mejor cara, no por querer agradar, solo es para que no se dé cuenta de lo que me disgustan las tareas de limpieza y se le ocurran  otras peores.

Si vamos a la parte positiva del asunto (no me pegué un palo en la cabeza, hay partes buenas), durante la mañana tengo tiempo para pensar en mis cosas, ya que no hay mucho para hacer; solo paseo por el salón y me dedico a observar a los  pocos clientes que ilustrarán el siguiente capítulo de mí crónica. 

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