domingo, 9 de noviembre de 2014

Crónicas de Cocoland. Capítulo III.


Cocoland 3: Primer día de trabajo y segundo.

 

Mi primer día de trabajo fue un sábado en un turno de 9 horas. Estuve en el salón de juegos y tuve la suerte de no recibir el maltrato de la gente.  Obviamente,  me equivoqué varias veces, como era de esperarse. Aunque no fue nada serio.  Básicamente dejé que ingresara gente sin pagar a la atracción principal porque aún no tenía bien en claro quién pagaba o no. No sabía si debía abonarse el boleto del niño y los adultos entran gratis –por la obligatoriedad que existe ya que un niño menor de 6 años no puede ingresar solo a esta atracción- o si es al revés; debo cobrarle al adulto acompañante y los niños menores de 6 años ingresan gratis. No quise hacer de esto una tesis, ni mucho menos fomentar el debate. Decidí que en una vuelta, aplicaría el primer criterio y  a la siguiente vuelta, el segundo criterio. Nadie se quejó… y eso, es lo importante.

 

 

Sin embargo, el día más glorioso fue el domingo.  Además del atuendo tan particular, hay que sumarle la ocurrencia de la supervisora: maquillarse la cara haciendo dibujos en las mejillas con gibré.   Mi reacción iba del asombro al  desconcierto como si estuviera dentro de un pinball.  Para esta situación hay un refrán que viene bárbaro: “sobre llovido, mojado”. Subí las escaleras hasta los vestuarios y me dibujé una simpática frutillita -no se me ocurría otra cosa- y bajé con la actitud de desenfado –tuve que imaginarme al desenfado porque hasta ese momento no lo conocía muy bien-, y pensando que hay gente que tiene peores trabajos, como por ejemplo, un minero, un desplumador de gallinas o algo así. 

 

Debo decir que, por momentos,  olvidé mi frutilla pintada; sobre todo cuando veía a mis compañeros varones.  Como ellos no se querían pintar… tuvieron que usar sombreros de copa hechos de paño lenci muy coloridos.  Siete colores he llegado a contar. Acabo de recordar  otro refrán muy apropiado: “el muerto se ríe del degollado”. 

Me dediqué a bromear sobre los sombreros todas las veces que pude.  Les decía frases como -no sé si te dijeron pero,  (pongo cara de muy preocupada) ¡tenés un gorro horrible en la cabeza!- 

La buena noticia es que este acontecimiento se da todos los domingos.

 

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