jueves, 6 de noviembre de 2014

Crónicas de Cocoland. Capítulo II.


Cocoland 2: Día de Entrenamiento

 

 

El día que firmamos el contrato, nos fuimos muy tarde y no tuvimos tiempo de recibir el entrenamiento, por lo que comenzamos a aprender sobre los juegos, el martes siguiente.                     

Mi día de entrenamiento quedará en los anales de las anécdotas más  recordadas por mí y seguramente por todo aquél al que se la cuente.

Durante la reunión, con los uniformes puestos, decidimos dejar las camperas rojas en el vestidor, a pesar del frío polar.

Bajamos al salón de juegos y comenzó la explicación de cómo funciona cada juego, los ticket de premios, los problemas que pueden llegar a tener cada máquina  y su solución.

En el salón hacía mucho, mucho frío; y luego de cuarenta y cinco minutos… temblaba.  Cuando no aguanté más, pedí permiso para subir a buscar mi campera y bajé nuevamente.  Lamentablemente la situación, no se solucionó.  Yo seguía temblando y para mejorar el cuadro, mi estómago comenzó a dar muestras de malestar.  Las rodillas y la cabeza, también.  No pasó mucho tiempo, hasta que pedí sentarme: me estaba cayendo.  Los otros jóvenes notaron en mí, una palidez extrema.  A causa de esto y con apoyo de mis compañeros -también sufrían el frío- subimos a tomar un té.  De dicha infusión, sólo tomé dos sorbos. Y fue la  misma que, junto con el almuerzo previo, vomité en el cesto de basura… frente a todos los presentes.  Menos mal que después me sentí mejor.   La verdad es que no me imaginé nunca en la vida que así sería mi primer día de entrenamiento.  No tuve tiempo de sentir vergüenza, mi condición física me preocupaba más.

Cuando me sentí mejor, me volví a casa y esa misma noche levanté fiebre. El médico domiciliario diagnosticó un cuadro gripal.  Yo pienso que fue una descompostura por el frío tremendo que hizo ese martes.  Para que sepan, por la crisis energética, no hay calefacción ni siquiera en los cines. La administración de Cuatrocarros decidió prescindir de la misma. Yo, estuve en reposo 48 horas.  No hubo más remedio que terminar mi entrenamiento el viernes. 

Existe otra explicación para este cuadro, aunque carece de base científica.  Se la conoce como “alergia al trabajo”.  En mi caso sería alergia a limpiar lugares públicos. ¿Y por qué digo esto? Bueno, la mayor parte de mi trabajo, consistirá en limpiar.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario