Cocoland 2: Día de Entrenamiento
El día que firmamos el contrato, nos fuimos muy tarde y no tuvimos tiempo de
recibir el entrenamiento, por lo que comenzamos a aprender sobre los juegos, el
martes siguiente.
Mi
día de entrenamiento quedará en los anales de las anécdotas más recordadas por mí y seguramente por todo
aquél al que se la cuente.
Durante
la reunión, con los uniformes puestos, decidimos dejar las camperas rojas en el
vestidor, a pesar del frío polar.
Bajamos
al salón de juegos y comenzó la explicación de cómo funciona cada juego, los
ticket de premios, los problemas que pueden llegar a tener cada máquina y su solución.
En
el salón hacía mucho, mucho frío; y luego de cuarenta y cinco minutos…
temblaba. Cuando no aguanté más, pedí
permiso para subir a buscar mi campera y bajé nuevamente. Lamentablemente la situación, no se
solucionó. Yo seguía temblando y para
mejorar el cuadro, mi estómago comenzó a dar muestras de malestar. Las rodillas y la cabeza, también. No pasó mucho tiempo, hasta que pedí sentarme:
me estaba cayendo. Los otros jóvenes
notaron en mí, una palidez extrema. A
causa de esto y con apoyo de mis compañeros -también sufrían el frío- subimos a
tomar un té. De dicha infusión, sólo
tomé dos sorbos. Y fue la misma que,
junto con el almuerzo previo, vomité en el cesto de basura… frente a todos los
presentes. Menos mal que después me
sentí mejor. La verdad es que no me
imaginé nunca en la vida que así sería mi primer día de entrenamiento. No tuve tiempo de sentir vergüenza, mi
condición física me preocupaba más.
Cuando
me sentí mejor, me volví a casa y esa misma noche levanté fiebre. El médico
domiciliario diagnosticó un cuadro gripal.
Yo pienso que fue una descompostura por el frío tremendo que hizo ese
martes. Para que sepan, por la crisis
energética, no hay calefacción ni siquiera en los cines. La administración de Cuatrocarros decidió prescindir de la
misma. Yo, estuve en reposo 48 horas. No
hubo más remedio que terminar mi entrenamiento el viernes.
Existe
otra explicación para este cuadro, aunque carece de base científica. Se la conoce como “alergia al trabajo”. En mi caso sería alergia a limpiar lugares
públicos. ¿Y por qué digo esto? Bueno, la mayor parte de mi trabajo, consistirá
en limpiar.
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