Laberinto
De lunes a viernes, viajo hacia mi
trabajo. Generalmente, tardo dos horas
hasta llegar allá. Mi meta, todos los
días, de un tiempo hacia acá, consiste en sobrevivir ocho horas a una rutina
sin aliento. Se trata de jugar al laberinto, tan igual y tan diferente todos
los días. Resignada a encontrar los
mismos personajes y problemas, sencillamente rendida a no querer solucionar las
conductas de los demás, porque fueron catalogados de “gente que no cambia más”. Y aun, sabiendo todas estas “verdades
indiscutibles”, muchas oportunidades he llegado a un pasillo sin salida,
enredada en pretender torcer la opinión de otras personas.
No encuentro otro pasaje por donde escapar,
sencillamente debo retroceder…y marcar con una cruz, que me indique “este camino
no conduce a nada” o por lo menos… decir “este camino conduce a una pared, por
si algún día quieres darte la cabeza contra ella”.
Tanto recorrí los laberintos, que me he dado
cuenta, a pesar de ser tan similares, algo hace que no sean idénticos. Es así, como un día descubrí musgo en sus
paredes y pensé, algunos seres, son tan valientes, al intentar desarrollarse en
lugares adversos…
Después de meses, dejé de marcar con cruces los
pasillos sin salidas. Me di cuenta, el
sin sentido de recordarme los malos momentos.
Entonces comencé a marcar los pasillos por donde crecía el musgo. Trataba todos los días de pasar por allí,
aunque no condujeran a la salida de las 17 horas.
Pasó un tiempo, para descubrir que junto al
musgo, se desarrollaban otras plantas. Esperé mucho tiempo, fueron
semanas. Para mi sorpresa, se trataba de
plantas hermosas, de flores dulces y hojas fuertes. Incluso, había días en que se notaba su regocijo
al escucharme llegar. Y otros días, donde necesitaban agua y que las acompañen.
De repente, entraba al laberinto diario,
pensando sólo en saludarlas, preguntando si estarán bien, si disfrutaron del
fin de semana, en definitiva, ¿cómo se encontrarán?
Por tantos pasillos, encontraba seres
maravillosos, transformando mi peregrinación en paseo. Ofreciendo sus formas
ornamentales al paisaje repetido de un día más aquí.
En la soledad de mi escritorio, comencé a
hablarles, más allá de los recibos y los cheques. Convirtiéndose en una grata sorpresa para
tanto pesar, al oír sus respuestas.
Descubrí, al escucharlas atentamente, de la
existencia de otros laberintos. Eran
como universos paralelos… en donde yo era la hierba silvestre que creció en el
hueco de un ladrillo flojo…
Y vi, desde mi pared, a las mujeres que
recorren el laberinto todos los días, pasando por el pasaje donde permanezco
aferrada por mis raíces, sólo para
saludarme, o saber cómo estoy…
Quizás, no sea como las plantas más fuertes,
pero al existir y desarrollarme en ese paso del laberinto, hago de esos cuantos
metros, un lugar único, indicándoles las salida… indicándome la salida.
Hola. Este cuento lo escribí hace 5 años más o menos. Como siempre, la administración está en mi vida y en mi corazón.
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