viernes, 26 de septiembre de 2014

Turismo doméstico


Turismo doméstico

En poco tiempo, empezaré a despedirme de esta casa.  Todavía no hay nada empacado, y aunque guardara todo lo que veo, aun quedaría lo que no puedo tocar, ni puedo llevarme.

Dejo mi tranquilidad guardada en un cajón del modular del living. ¡Qué lindos muebles que tiene mi casa alquilada! Muy cómodos y espaciosos.  Al lado de la lámpara de pie como si fuera una escoba vieja, queda apoyada la alegría de vivir sin rejas, ni alarmas.

Tengo ganas de llevarme, el rompecabezas de envoltorios de chocolates, golosinas e infusiones de lo más variadas pegadas en mis  latas de papas fritas… La nostalgia no se quiere quedar; la tengo agarrada de mi mano bien fuerte como una niña pequeña en el momento de entrar al jardín de infantes.

¿No entra la cocina en la valija? Creo que no. ¿Pero acaso me he vuelto una amante del arte culinario? Muy lejos estoy de eso, aunque sí soy amiga de una cocina terminada, con estantes para todo, divisores para todo, cajones que ruedan sin esfuerzo, hornos que cocinan parejos y hornallas donde el jarrito de la leche no se vuelca.

¡Qué difícil es irse de un lugar que uno quiere tanto!

Algunos pensamientos positivos se quedan arrumbados en un rincón; no entran todos en las valijas… Aunque sé que los que llevo no son suficientes para el camino, ya no puedo llevarme más.  En cambio los pensamientos pesimistas entrarán todos. Primero, son menos. Segundo, ocupan menos espacio. Y tercero, estoy acostumbrada a guardarlos primero de todos. ¡No sea cosa que me vaya a olvidar de mis actitudes pesimistas! No sería yo.

Y qué extraño… los veo a todos esos pensamientos negativos, guardados prolijamente en los cajones. Hace más de dos años que no los uso… están casi nuevos, es decir, los compré antes de llegar hasta aquí y no los pude usar porque no tuve oportunidad de hacerlo.

En cambio los positivos están hechos unos trapos… algunos hasta tienen parches. ¡Qué problema! No quiero bajar del avión estrenando amarguras y tampoco quiero usar una sonrisa que ya no está acorde con la situación.

¡Tengo que comprarme más positivismo! Pero ya no tengo tiempo. Lo que me queda es recurrir a  mi ingenio y parchar lo positivo desgastado con lo negativo que pueda servir.

En vez de bajar del avión con una sonrisa radiante, la puedo agregar las trece horas y media de vuelo.

A mis ventanas sin rejas y mi tranquilidad a la luz de la luna, la mezclo con unas gotas de temor a ser descubierta sonriendo en un lugar donde no debo.

Y cuando el positivismo se haga hilachas de tanto usarlo, volveré a comprarme recorriendo la nueva casa, que es la vieja casa anterior a la que habité estos maravillosos años. Donde seguro quedan vestigios de que algo bueno también pasó por ahí. Y no solo son alambres rotos, cosas robadas y sueños interrumpidos lo que se esconden en el hueco de la escalera.

Esa casa, todavía tiene paisajes nuevos que mostrarme. Una habitación vacía que pueda endulzar mis días de pintora de brocha gorda. El comedor principal desnudo hará de conejillo de indias en mis exploraciones al mundo de la decoración.

Derribaré el ropero a mazazos en mi impotencia por perder la batalla contra la humedad… donde ya no puedo  entretenerme como Chico Carlo.

Escalaré la nueva escalera caracol, de peldaños provisorios que conducen a la torre de un castillo sin cisnes o pinturas legendarias, pero con un baño que hará enverdecer de envidia a cualquiera… ya verán.

En el nuevo living veo los cajones de manzana que ofician de banqueta, esperando la retirada cuando haga la entrada triunfal un mueble desvencijado listo para retapizar y siga quedando viejo, porque son como los peinados de ahora: despeinados prolijamente con spray.

Creo ser la continuación del cuento de Cenicienta… Lo que sigue a “vivieron felices por siempre” y… perdieron el castillo cuando se terminó el contrato de alquiler, pero siguen juntos, felices y volvieron a la casa de ella donde le probó el zapatito de cristal.

Y será un nuevo comienzo, en esa casa que nos conoció y que ahora nos recibirá nuevamente como personas distintas, sin rencores por habernos ido y con la alfombra roja de ladrillos en el jardín con pasto entre los bordes.

 

 

 

 

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