Crónicas de Cocoland: la luz al final del túnel
El jueves o viernes
por la madrugada me enfermé. Sí,
nuevamente comencé con vómitos, pero a esto se le sumaron una cantidad de
síntomas. Como buena trabajadora, el
viernes avisé al trabajo que había amanecido enferma y estaba esperando al
médico en mi casa. El diagnóstico fue:
enteritis aguda viral. Traducción: una
diarrea de la puta madre, combinada con vómitos, dolores de todo tipo y fiebre. De premio gané 48 horas de reposo. Como adicional, unos cuantos kilos
menos.
Tal fue lo que
bajé, que hasta mi cuñada estaba preocupada.
Mi cara era ojerosa y estaba tan chupada que mi mandíbula sobresalía más
de lo acostumbrado. Igualmente este
cuadro terrible ya se había ido para el sábado por la noche. Así que, el domingo me dispuse a ir a
trabajar. Aunque cabe aclarar que, mi
cuñada me vio el lunes pasado.
El domingo, como es
costumbre en vacaciones, fue caótico.
Por supuesto que hubo tiempo para limpiar, pero ya no tanto. Igualmente no me sentía bien. Está claro que, en este tipo de situaciones,
la dieta suele ayudar… a bajonearte más.
Mi merienda consistiría en unas tristes galletitas de agua, acompañadas
de una Seven Up Diet sin gas.
Pero, aunque me
hubiera podido comer un helado, mi estómago no estaba listo aun.
Al día siguiente,
pasé por la casa de mi madre antes de ir a trabajar. Ahí me di cuenta de que me faltaban unos
cuantos kilos. No sólo por la
insistencia de que coma algo -eso sería
normal-, sino por las caras de terror y/o preocupación que acompañaban a la
sugerencia. Es más, cuando me despedí
de mi madre, ella me dijo -si te sentís mal, volvé a casa y basta-.
Casualmente, mi
esposo, antes de irse a dormir el domingo, me dijo: -no tenés ninguna
obligación de volver… si querés renunciar, no hay problema-.
No les voy a negar
que la idea de renunciar ya estaba instalada en mi cabeza.
Mientras iba
caminando, pensaba en continuar hasta que las vacaciones de invierno
duraran. Esta medida, era por el sentido
de responsabilidad, que siempre me ha caracterizado (modestia aparte), sabiendo
que ya no habría tiempo de entrenar a nadie más por lo avanzado de la
temporada.
Hechos posteriores,
cambiaron el rumbo de los acontecimientos (y mi idea de la responsabilidad).
Sucede que ese
lunes, me pinté como de costumbre el cachete; esta vez no estaba inspirada, así
que dibujé tres globos y bajé a trabajar.
Me mandaron con Nico a la parte de atrás, es decir, a donde se
encuentran todas esas máquinas que dan cupones y que siempre traen problemas de
todo tipo. El asunto es que la tarde
empezó movida, pero cuando somos, por lo menos dos, los problemas se pueden
llegar a resolver más rápido. Complicada
la situación se tornó cuando a Nico lo pasaron a la caja y yo me quedé solita. De repente las máquinas se empezaron a
atascar, trabar y tildar una tras otra… pura adrenalina. Lo curioso y a la vez gracioso, es que me
reía sola de mí, porque ya había cambiado mi decisión acerca del momento de la
renuncia. Ya no sería el fin de semana
próximo, ahora pensaba en el miércoles.
La cantidad de máquinas con problemas me desbordó y salí a pedir
ayuda. En este caso, Maru me dio una
mano. El transcurso de la tarde pasó sin
pena ni gloria y por suerte Verónica se quedó conmigo para seguir apagando
incendios en la parte de atrás. En este
momento no recuerdo quejas concretas de los clientes, pero tuve que poner la
cara varias veces. Lo que no hice fue
defender lo indefendible, si las personas se quejan con razón, les devolvía la
posibilidad de jugar (se llama devolver el crédito) y listo. No sé por qué se llenan la boca hablando de
la “satisfacción al cliente” y permiten que las personas jueguen en máquinas
que no andan bien, las cuales ya se amortizaron hace tiempo y además cobran
fortunas. Por todas estas razones, he
utilizado la devolución del crédito en repetidas y justificadas oportunidades.
Pero todavía falta
algo más, un detalle. El lunes yo entré
a trabajar a las 15.16 (lo caprichoso del horario tiene fundamento pero no es
interesante explicarlo) y salía a las 23.00 horas. En una jornada de 8 horas me corresponde un
descanso de 30 minutos. Resulta que
eran las 21.20 horas, todos ya habían tomado sus descanso excepto quien
escribe. No les puedo explicar mi cara
de júbilo, mi sonrisa de guasón dibujada en la cara. Era la excusa perfecta para irme a las 22.30
y no volver nunca más. Como ya se habrán
dado cuenta mi decisión de renunciar, ya la había adelantado a esa noche. Mi madre, mi esposo y yo estábamos
alineados. Sin embargo, a las 21.25 baja
mi supervisor y me invita a subir para que tome mi descanso. Créanme, le hice saber de la “vivada”;
faltando una hora y media para irme, me parecía una burla el asunto.
Pero igual subí,
las galletitas de agua me aguardaban.
Cuando pasé la oficina, la supervisora “máxima”, me llamó. Ya con su cara, adiviné mi futuro. Ella me comunicó que Cocoland prescindiría de
mis servicios el próximo 14 de agosto.
Lo que pasó ese lunes fue muy claro: EL COSMOS ENTERO NO QUERÍA QUE YO
TRABAJARA MÁS EN ESE LUGAR.
En lo que a mí
respecta le dije que para mí estaba bien.
También le dije que yo estaba, casualmente, pensando lo mismo. Solo que había una pequeña diferencia: no iba
a trabajar hasta el 14 de agosto, sino que enviaría el telegrama de renuncia al
día siguiente. La charla, como se
imaginan no fue escandalosa ni mucho menos.
Sino más bien agradable y amena.
Yo no sé cómo han terminado ustedes con jefes anteriores pero agradezco,
en cierta forma en haber salido de la forma en que lo hice. Conversamos media hora y mi descanso comenzó
después.
A las 23 horas me
fui como siempre, sin hacer comentarios a mis compañeros ni al supervisor,
quién ya lo sabía. Llegué a mi casa
tranquila y feliz de que mi pesadilla, en la que solita me metí por
desesperación, había terminado.
El martes, mi mamá
vino a tomar mate y a las 5 me fui al correo donde envié el telegrama. Debo confesar que me puse nerviosa y tuve que
pedir el formulario dos veces, porque escribía mal mis datos.
De la experiencia
rescato dos moralejas o mejor dicho dos premisas que he verificado como
verdaderas. La primera, es la
frustración que se siente cuando uno realiza
tareas para las que está sobrecalificada. La segunda: las decisiones más importantes no
deben tomarse en momentos de desesperación porque nos llevan por caminos equivocados.
Dicho esto, me despido
de las Crónicas de Cocoland.
Quisiera dedicarle,
esta última entrega a dos amigas de trabajo, con quienes al principio tuve
diferencias significativas, pero al final comprendí que su propósito en la vida
no era igual al mío y terminamos siendo inseparables: a la escoba y a la
palita, nunca las olvidaré. A ellas les
dedico mi última enseñanza: “la basura en su lugar: en Cocoland”.