Los
mosquitos
Érase
una vez, un pueblo en medio del monte a punto de extinguirse. Realidad que
atraviesan muchos poblados cuando la única ruta que los conecta sufre el
deterioro y la falta de mantenimiento a lo largo de los años. Lo poco que llega
es la onda radial… y eso es porque el viento sopla siempre para ese lado.
Estaban
tan aislados del mundo, que el día que los invadió la ola de mosquitos nadie fue a auxiliarlos. Quizás,
esto no sea un problema difícil de controlar… aunque no se trataba de mosquitos
normales… Se cree que provienen de una laguna vecina altamente contaminada… o
tal vez, su agua fuera tan pura y se creyó que estuviera contaminada.
La
ola de mosquitos se abalanzó sobre los desprevenidos y rápidamente el efecto
comenzó a notarse: la gente alucinaba y pareciera estar embriaga de amor.
El
primer día, las picaduras afectaron a más de la mitad de la población y sus
consecuencias provocaron en los habitantes del lugar, situaciones impensadas.
Los
vecinos enemistados por años se abrazaban en la esquina, a la vista de todos,
que miraban boquiabiertos. El intendente firmando la cesión de un terreno
municipal para la construcción de un parque, después de haberse negado durante
mucho tiempo porque consideraba que no era necesario tal cosa. Los concejales
opositores, invitando a un almuerzo a sus pares del partido gobernante. El
comerciante del barrio, haciendo descuentos disparatados para que todos puedan
comprar. El farmacéutico regalando
caramelos de miel y drogas calmantes. La verdulera regalando cien gramos más de
lo que el cliente compre y también maracuyás a todos y todas. La maestra
explicando con canciones las tablas de
multiplicar al ritmo de un bolero que enamora. Una proliferación de
cartas de amor inunda el correo. Los perros haciendo “perradas” más que antes,
incluso en el mismo día con varias perras. Los alumnos acudiendo a clases, con
ganas… y hasta el canario de la vecina más amarga de la cuadra le daba serenata
a su dueña sin merecerlo. Nada era como
siempre.
Por
supuesto, los que miraban extrañados eran los que no tenían roncha. Los hechos
no dejaban lugar a dudas: esto era una maldición. Los efectos duraban cinco
horas aproximadamente… y luego, sobrevino el miedo. Había temor en todas
partes. De los picados y los sin picar. De los que hicieron cosas y los que vieron
como los demás hacían cosas impensadas.
Al
segundo día, todos se vistieron como si estuvieran en Siberia. Nadie quería
sufrir el “efecto mosquito”. Aunque andar tapado no era una solución
definitiva. En medio de la conmoción y en sesiones extraordinarias, los
concejales del pueblo votaron unánime secar la laguna. Porque este tipo de
cosas, solo puede traer más desgracias. El amor en dosis altas, no es
aconsejable.
Al
día siguiente de la votación, todos vestidos con trajes de buzo y con la pala
al hombro, marcharon a la laguna y comenzaron la difícil tarea de echarle
tierra. Una semana completa se demoraron en tapar la laguna con tierra, piedras
y hojas.
Y
para celebrar el fin del mosquito, plantaron árboles frutales y de paso,
reflotaron su sedienta economía… Los árboles crecían con una rapidez inusual y
sus frutos rebosaban de salud. No quedaban dudas ya, el agua era pura…
purísima.
Y
ellos, habían secado la laguna.