Turismo doméstico
En poco tiempo, empezaré a
despedirme de esta casa. Todavía no hay
nada empacado, y aunque guardara todo lo que veo, aun quedaría lo que no puedo
tocar, ni puedo llevarme.
Dejo mi tranquilidad guardada en
un cajón del modular del living. ¡Qué lindos muebles que tiene mi casa
alquilada! Muy cómodos y espaciosos. Al
lado de la lámpara de pie como si fuera una escoba vieja, queda apoyada la
alegría de vivir sin rejas, ni alarmas.
Tengo ganas de llevarme, el
rompecabezas de envoltorios de chocolates, golosinas e infusiones de lo más
variadas pegadas en mis latas de papas
fritas… La nostalgia no se quiere quedar; la tengo agarrada de mi mano bien
fuerte como una niña pequeña en el momento de entrar al jardín de infantes.
¿No entra la cocina en la valija?
Creo que no. ¿Pero acaso me he vuelto una amante del arte culinario? Muy lejos
estoy de eso, aunque sí soy amiga de una cocina terminada, con estantes para
todo, divisores para todo, cajones que ruedan sin esfuerzo, hornos que cocinan
parejos y hornallas donde el jarrito de la leche no se vuelca.
¡Qué difícil es irse de un lugar
que uno quiere tanto!
Algunos pensamientos positivos se
quedan arrumbados en un rincón; no entran todos en las valijas… Aunque sé que
los que llevo no son suficientes para el camino, ya no puedo llevarme más. En cambio los pensamientos pesimistas entrarán
todos. Primero, son menos. Segundo, ocupan menos espacio. Y tercero, estoy
acostumbrada a guardarlos primero de todos. ¡No sea cosa que me vaya a olvidar
de mis actitudes pesimistas! No sería yo.
Y qué extraño… los veo a todos
esos pensamientos negativos, guardados prolijamente en los cajones. Hace más de
dos años que no los uso… están casi nuevos, es decir, los compré antes de
llegar hasta aquí y no los pude usar porque no tuve oportunidad de hacerlo.
En cambio los positivos están
hechos unos trapos… algunos hasta tienen parches. ¡Qué problema! No quiero
bajar del avión estrenando amarguras y tampoco quiero usar una sonrisa que ya
no está acorde con la situación.
¡Tengo que comprarme más
positivismo! Pero ya no tengo tiempo. Lo que me queda es recurrir a mi ingenio y parchar lo positivo desgastado
con lo negativo que pueda servir.
En vez de bajar del avión con una
sonrisa radiante, la puedo agregar las trece horas y media de vuelo.
A mis ventanas sin rejas y mi
tranquilidad a la luz de la luna, la mezclo con unas gotas de temor a ser
descubierta sonriendo en un lugar donde no debo.
Y cuando el positivismo se haga
hilachas de tanto usarlo, volveré a comprarme recorriendo la nueva casa, que es
la vieja casa anterior a la que habité estos maravillosos años. Donde seguro
quedan vestigios de que algo bueno también pasó por ahí. Y no solo son alambres
rotos, cosas robadas y sueños interrumpidos lo que se esconden en el hueco de
la escalera.
Esa casa, todavía tiene paisajes
nuevos que mostrarme. Una habitación vacía que pueda endulzar mis días de
pintora de brocha gorda. El comedor principal desnudo hará de conejillo de
indias en mis exploraciones al mundo de la decoración.
Derribaré el ropero a mazazos en
mi impotencia por perder la batalla contra la humedad… donde ya no puedo entretenerme como Chico Carlo.
Escalaré la nueva escalera
caracol, de peldaños provisorios que conducen a la torre de un castillo sin
cisnes o pinturas legendarias, pero con un baño que hará enverdecer de envidia
a cualquiera… ya verán.
En el nuevo living veo los
cajones de manzana que ofician de banqueta, esperando la retirada cuando haga
la entrada triunfal un mueble desvencijado listo para retapizar y siga quedando
viejo, porque son como los peinados de ahora: despeinados prolijamente con
spray.
Creo ser la continuación del
cuento de Cenicienta… Lo que sigue a “vivieron felices por siempre” y…
perdieron el castillo cuando se terminó el contrato de alquiler, pero siguen
juntos, felices y volvieron a la casa de ella donde le probó el zapatito de
cristal.
Y será un nuevo comienzo, en esa
casa que nos conoció y que ahora nos recibirá nuevamente como personas
distintas, sin rencores por habernos ido y con la alfombra roja de ladrillos en
el jardín con pasto entre los bordes.